Su propio afán

Don quijote eterno

Lanzarse a socorrer a una mujer indefensa es épico. Hacerlo hasta caer herido es un heroísmo de otros tiempos

Chesterton le habría escrito una balada. No sé si han visto la foto. En una de las estampidas provocadas por los últimos atentados de Londres, un joven lleva en perfecto equilibrio su buena pinta de cerveza. Es una imagen refrescante, por amor a la cerveza, y por desdén doble a los terroristas. No deja que le interrumpan la noche, por un lado, y por otro homenajea al alcohol, que les escuece. Si, de paso, hubiese ido comiendo jamón, aunque fuese de york, habría sido sublime. Justo con esos mismos ingredientes escribió Chesterton en 1914 la novela La taberna errante, cada día más profética.

Esa balada al chaval de la cerveza no puedo escribírsela yo. Ni tampoco la oda al policía londinense que, sin armas, como ellos van, se enfrentó al terrorista, cumpliendo su deber hasta la muerte. Talento aparte, resulta que, como español hasta los tuétanos, tengo otras actitudes que loar. Qué orgullo Ignacio Echeverría Miralles de Imperial. Iba en su bicicleta, que es lo más parecido a un Rocinante que cabe imaginar, y al ver que unos terroristas atacaban a una chica, se bajó, cuando todos huían, y se encaró con los bestias para defenderla, blandiendo su monopatín como una espada. Más quijotismo no cabe. Correr sin dejar la jarra es jocoso y chulo, pero lanzarse a socorrer a una mujer indefensa es épico y noble. Hacerlo hasta caer gravemente herido parece un heroísmo de otros tiempos.

Otro español, Sergio Fariña, le dio con la puerta en las narices a otro terrorista, aguantándole el forcejeo y salvando a los clientes y refugiados en su bar. Tuvo nervios de acero. A la defensiva, también estuvo heroico, y no hemos de aplaudirle menos su actitud porque, gracias a ella, acabase todo bien.

Ignacio Echeverría acabará bien, esperamos. Hacemos votos para que aparezca ya entre los heridos (la espera se está haciendo insoportable e inexplicable). Mientras, dan ganas de escribir una posdata en el poema Lepanto, donde Echeverría merece estar por todos los motivos imaginables. Desde las instituciones del Estado y desde todas partes urge reconocer su acto. Nos ha devuelto la mejor imagen de nosotros mismos. Todos los occidentales, pero los españoles en particular, tenemos que agradecerle su caballerosidad auténtica. El alcalde de Londres ha hablado de la "inevitabilidad" de los atentados. Ignacio Echevarría Miralles de Imperial ha hecho justo lo contrario: dando la cara, ha dicho "no".

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