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Microrrelato y ascensoristas

Estoy seguro de que, hoy, Gregorio Morales, hubiese aplaudido sin empacho la creación del este certamen

Hace un par de tardes, frente a la Alhambra y casi al borde del Darro bucólico; en el precioso Carmen del Chapíz; nos reunía una empresa granadina, con motivo de la concesión de un premio -casi singular premio- de narrativa -microrrelato- que había tenido poder de convocatoria bastante como para hacer que más de cinco mil escritores, profesionales o aficionados, se presentasen al mismo. Y ello en su segunda edición bienal. El jurado, que estuvo formado por Espido Freire, Antonio Chicharro, Fernando Iwasaki y presidido por el flamante Premio Princesa de Asturias, el cubano Leonardo Padura, concedió el galardón al joven escritor mañico David Calvo que había presentado un brevísimo relato de ciento nueve palabras titulado Mil, porque todo en él viene a evocar la tradición narrativa oriental de Las mil y una noches. Sensible, elaborado y precioso cuento, por cierto, en el que la imaginación del lector es, como poco, imprescindible y la descripción sintética del autor, prodigiosa.

Hemos dicho antes que es un premio casi singular, aparte de por diversos motivos más que no vamos a indicar, sí por uno sólo que casi lo hace único: es un premio convocado por una empresa granadina instaladora y mantenedora de ascensores. Sí, de máquinas elevadoras, que se llama IASA y que fue la que recibió y ejecutó el encargo, hace algo más de dos años de construir e instalar el que, casi invisible, existe en el palacio de Carlos V.

En la primavera de 2015, días antes del fallo del jurado que concedió este premio en su primera edición, mi querido y recordado amigo, el magnífico poeta y ensayista cuántico Gregorio Morales, poco menos que tronaba, desde alguna de sus columnas periodísticas, por el hecho de que una empresa concediese un premio de literatura. No gustaba a Gregorio lo que entendía ser -sin serlo en verdad- utilizar la literatura en beneficio empresarial. Seguramente prurito de hombre de izquierdas. Tuvimos un desencuentro con ese motivo, de forma que, en privada conversación, le mostré mi absoluta disconformidad con la opinión que había manifestado. Y que, al contrario, me llenó de alegría el día en que Javier Molina, otro muy buen amigo, a la sazón director de la empresa IASA, me informó, mucho antes de la primera convocatoria, que para conmemorar la instalación del ascensor en el cesáreo palacio alhambreño, había pensado convocar un certamen de literatura. Iniciativa con claro tinte e intención de mecenazgo, a la que, con absoluta licitud quiso denominar con el nombre de la empresa que eliminó las barreras arquitectónicas en aquel dorado palacio: IASA. Gregorio Morales, sorpresiva y lamentablemente, en el mes de junio de aquel 2015, se ausentó definitivamente. Estoy seguro que, hoy, al cabo del tiempo, no sólo hubiese entendido y comprendido la creación de este certamen, sino que, seguramente, lo hubiese aplaudido sin empacho.

El relato corto, aún más, el microrrelato es, lo estamos viendo, un precioso camino para iniciarse en la práctica de la literatura, incluso para el ejercicio de autores ya reconocidos: tiene una larguísima tradición en la historia de las letras españolas. Y la dificultad que ofrece para alcanzar la redondez a través de la síntesis es enorme, sobre todo, si hay que competir con otros miles de creadores. ¿O no?

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