Postrimerías

Perpetua luz

Junto con el adoptivo Belmonte, nacido en Ancha de la Feria, Lledó es lo más grande que ha dado Triana

Era la misma época, por los años aurorales de la Facultad, a la que nos referíamos hace poco con motivo de la muerte de Adrados, el titán salmantino que nos dejó hace sólo unas semanas, cuando nuestras devociones se repartían entre Agustín, como lo llamábamos los afectos a la secta de García Calvo, y otros maestros de nombres menos rutilantes, pero igualmente sabios y admirados por la cofradía -ya entonces menguada, pero muy entusiasta- de los amantes de la Antigüedad grecolatina. Para los jóvenes filohelenos, Lledó era el autor de un libro luminoso, El epicureísmo, en el que el sabio estudioso y ensayista -que ha tenido una vida tan fecunda como itinerante, por entonces en la UNED de Madrid y más tarde en Berlín, donde escribiría dos obras fundamentales, El silencio de la escritura y El surco del tiempo- había dejado su explicación y su defensa de la doctrina proscrita. El libro se sumaba a otros dos de Carlos García Gual sobre la misma materia, relativa a la "ética utilitaria" del fundador de la escuela del Jardín, y los tres nos han acompañado desde entonces como parte de esa filosofía para la vida con la que las en otro tiempo desdeñadas corrientes del Helenismo -las otras serían la escéptica y la estoica, con sus diversos matices en función de los siglos, los pensadores y los precedentes invocados- enfrentaron los arrolladores sistemas de Platón y Aristóteles. De todo esto habla Lledó en sus libros, y de los presocráticos, y de los modernos, y de muchos otros autores y temas desde una perspectiva que puede resumirse con el título de un libro recién reeditado: Fidelidad a Grecia. Ahora bien, desde esa fidelidad, que no es nostalgia sino incitación, el maestro ha hablado de otras cuestiones como la importancia de la instrucción pública, tan abandonada por el progresismo de baratija, y sus argumentos en este terreno merecerían ser inscriptos con letras de bronce en los umbrales de todas las escuelas, institutos y universidades de España. Junto con el adoptivo Belmonte, nacido en Ancha de la Feria, el humanista Lledó es lo más grande que ha dado Triana en muchos siglos de Historia. El otro día en Córdoba, hablando de todo esto, se acercó al final una amable señora, hermana del poeta García Baena, para decirnos que la conversación le había traído a la memoria las clases de Ruiz de Elvira, otro insigne clasicista que fue profesor y paisano de nuestra Esperanza Albarrán. Y nos sentimos de nuevo orgullosos de ella, de doña Esperanza, que años antes del tiempo aquí convocado supo insuflar en el vacilante ánimo de aquel muchacho perdido -del charlista atribulado que transcribe estas notas- una luz que aún hoy nos alumbra.

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