Juan Pablo Luque Martín
El retorno del no a la guerra
El césar Carlos V entra en Sevilla, el sábado diez de marzo de 1526, ocho días después de que hiciera entrada, por la misma puerta, su prima Isabel, infanta de Portugal y futura emperatriz de ambos mundos. El año anterior, el césar Carlos había apresado, en la batalla de Pavía, al rey de Francia, Francisco I, quien padeció una cómoda y holgada prisión en la madrileña torre de los Lujanes, como es costumbre referir, o quizá en el viejo alcázar de los Austrias, que ardió en la Nochebuena de 1734. Este mismo Francisco es quien, en mayo de 1527, saldrá nuevamente derrotado, cuando las tropas imperiales, bajo el mando del condestable de Borbón, entren en Roma, saqueándola, por el apoyo de Clemente VII al rey galo. Es decir, que el hombre de veintiséis años que entra por la puerta de la Macarena aquel diez de marzo, el llamado Carlos de Gante, es también el hombre más poderoso de la tierra.
Ortiz de Zúñiga describe muy prolijamente los siete arcos triunfales de motivo clásico e inspiración católica que decoran el trayecto hasta el alcázar, y que han recibido ya a la infanta. La Macarena, San Luis, San Marcos, Santa Catalina, San Isidoro, San Salvador, las Gradas y la Catedral lucen arcos alusivos a las siete virtudes del monarca imperial: la prudencia, la fortaleza, la clemencia, la paz, la justicia, la fe y la gloria. También sus abuelos, los Reyes Católicos, habían entrado por aquella puerta. Su hijo, Felipe II, llegará sin embargo por la puerta de Goles, después de haber pasado revista a la flota ultramarina. Es fama que Isabel de Portugal, sobre ser una mujer muy bella, era una grave inteligencia dotada para el mando. El episodio de su temprana muerte nos dice mucho del mundo –hoy a medio milenio de distancia– que entonces protagonizó y que se revelaba en su completitud, gracias a las navegaciones españolas y portuguesas.
San Francisco de Borja (de los Borja que llegaron a papas), duque de Gandía y marqués de Lombay, fecha su conversión a la muerte de Isabel, en mayo de 1539. A él se atribuye la frase: “Nunca más servir a señor que se me pueda morir”. Fue este mismo hombre atribulado por la caducidad quien había sostenido la mano de su amigo Garcilaso de la Vega en Niza, en octubre de 1536, llegada la hora postrera. No hay reflejo fidedigno de la hermosa Isabel. Su retrato de Tiziano es póstumo.
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