Juan Pablo Luque Martín
El retorno del no a la guerra
Hay algo casi místico, por no decir patológico, en la capacidad de Pedro Sánchez para encontrar en cada abismo ajeno una oportunidad de autorretrato. Este miércoles, engolando la voz de barítono que reserva para tragedias que no ha provocado —pero que aspira a protagonizar para que no hablemos de sus propias cuitas—, el inquilino de la Moncloa ha despachado una declaración institucional sin periodistas. Ya saben: la verdad oficial brilla más cuando no tiene que rebajarse a la ordinariez de una pregunta.
El núcleo del discurso no fue diplomacia. Fue arqueología política: un viaje de regreso a las Azores. Sánchez pretende vender un paralelismo con la guerra de Irak de 2003, proponiéndose como la antítesis moral de Aznar en una España que, según él, no ha cambiado un ápice. Pero el truco es burdo. Jurídicamente, su comparación es un castillo de naipes. En 2003 el debate era la legalidad de una intervención militar. Legalidad cogida con pinzas, si se quiere. Pero hoy hablamos de un régimen iraní que, además de despreciar cualquier derecho humano ha atacado activamente a nueve países y bases europeas. Invocar un fantasma de hace 23 años no es coherencia; es tirar del "comodín del público" cuando la gestión doméstica te quema en las manos. En 2003 la economía española volaba; hoy, pedimos permiso para que el lío en el Estrecho de Ormuz no nos apague la calefacción este invierno.
Mientras el presidente se ajustaba la corbata para la posteridad, el mundo real —el que no lee el BOE— dictaba sentencia. El aislamiento diplomático al que se encamina España (con el triste consuelo de tres o cuatro palmeros iberoamericanos) no es literatura; para las empresas del IBEX 35 es un lastre de plomo. Nuestras constructoras y energéticas, con intereses millonarios en EE.UU., ven ahora cómo su riesgo reputacional se dispara. Trump no necesita invadirnos; tiene el botón de los aranceles a mano para borrar del mapa nuestro aceite, nuestro vino y nuestro queso. Negar el uso de las bases no ha frenado al Pentágono; solo ha hecho que el dinero vuele a otros aeropuertos. Perdemos contratos, perdemos logística y perdemos la cara.
Con el Estrecho de Ormuz bloqueado y el 20% del crudo mundial en vilo, la "solución diplomática" de Sánchez es como intentar apagar un incendio forestal con un aspersor de jardín. Sin el respaldo de la OTAN y de Washington, somos el eslabón más débil de la cadena energética. Es un Manual de Resistencia escrito con la cartera de los accionistas y el futuro de las exportaciones. El mercado ha leído el discurso como lo que es: un brindis al sol que nos expulsa del radar de la única superpotencia que, nos guste o no, sigue repartiendo cartas.
La acrobacia de apelar a la Unión Europea roza el cinismo. Sánchez dice "exigir" en nombre de Bruselas, pero la realidad es que Europa lo ha dejado hablando solo en el rellano. Mientras él se envolvía en la bandera de un pacifismo de salón, el canciller alemán Friedrich Merz secundaba las críticas de Trump desde el mismísimo Despacho Oval. París calla y Roma mira hacia otro lado con ese desprecio de quien ya no espera nada de un socio imprevisible. España ha dejado de ser el puente entre continentes para convertirse en una isla que se aleja por voluntad propia, destrozando su credibilidad exterior a cambio de abrir un telediario.
Y es que, para entender el "valor" de la proclama sanchista, conviene mirar la libreta de cuentas antes que el manual de retórica. España no arriesga ninguna relación comercial con Teherán; desde 2018, cuando el portazo de Trump, nuestras refinerías se vieron obligadas a borrar el crudo iraní de sus facturas. Desde entonces, el intercambio testimonial: apenas un puñado de exportaciones de maquinaria, productos químicos y algún componente agrícola que sobrevive en los márgenes de las sanciones.
La paradoja es sangrienta: el presidente juega a la geopolítica de gestos porque sabe que el coste directo con Irán es cero, pero oculta que el coste indirecto con nuestros aliados puede ser la puntilla para un IBEX 35 que ya cotiza en modo pánico. Al final, la "tercera vía" española no es más que un callejón sin salida: un país que renuncia a su peso en la OTAN y en Bruselas a cambio de una soberanía retórica que no paga las facturas del gas. Una vez más, la épica de la Moncloa se escribe con tinta invisible, mientras los españoles nos preparamos para pagar el precio real de su última actuación estelar.
La última ingenuidad de Sánchez y su guardia pretoriana es creer que nos hemos tragado que esto va de la paz mundial. No va de eso. Va de la necesidad desesperada de que miremos a Ormuz para que no miremos a los juzgados de Plaza de Castilla o al cerco judicial que asfixia su entorno más íntimo. El no a la guerra de 2026 no es un grito de paz; es el grito de socorro de un líder que prefiere hundir a España en la irrelevancia económica antes que admitir que, fuera de su burbuja de cristal, hace un frío insoportable.
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