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Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

Del dolor, del amor y de la muerte

Desde la libertad, nadie, ni la sociedad, ni el estado, deberían imponer a ningún hombre la obligación de vivir

Una pena en observación es el sobrecogedor relato en primera persona que escribió C. S. Lewis sobre los últimos meses de vida de su esposa, la poetisa norteamericana Joy Gresham. Cada una de sus páginas rezuma amor, entrega, miedo, soledad, vacío, fe, dolor y esperanza. Y todos y cada uno de esos sentimientos es tan humano como la alegría y la felicidad que buscamos con tesón. Sufrir sin un sentido último es ajeno a nuestra forma de disfrutar de ese inmenso don divino que es la vida. El creador de Narnia se abre en canal y nos muestra como se desmorona su mundo, atacado por una cruel enfermedad que deja a su esposa, en una frase llena de sentido, sola dentro de la soledad. La descripción de sus últimos momentos es de una delicadeza difícil de entender si no estuviera inspirada por el inmenso amor que el viejo profesor solterón sintió por aquella mujer joven y brillante. Lewis era profundamente católico. Había llegado a la Iglesia tras una travesía intelectual compleja y difícil. Su fe era intensa, al igual que la de su esposa, de origen judío y también conversa en la madurez. No es más fácil asumir la muerte y la ausencia del ser querido desde la fe. Quizá sólo es distinto. Como escribe Lewis, de nada sirve evadirse de la realidad. Mirada cara a cara, la realidad de la ausencia es insoportable. Y no hay peor ausencia que la presencia ausente.

Desde la libertad, nadie, ni la sociedad, ni el estado, deberían imponer a ningún hombre la obligación de vivir. Desde la dignidad humana, hay vidas que carecen de ella y no por decisión de quien las sufre. Desde la fe: ¿no se peca de soberbia cuando se insiste en querer burlar la muerte prolongando artificialmente la vida? ¿No se peca de crueldad al prolongar el sufrimiento de un enfermo cuando no hay posibilidad razonable de curación? ¿Es justo dejarlo todo al albur de un milagro? Dios no necesita montar circos para satisfacer a los pobres de fe. La vida de un enfermo terminal o de quien sufre una dolencia inhabilitante carece de la joie de vivre que amablemente nos contó Intocable. No todos los enfermos son millonarios parisinos. El dolor no entiende de clases y cuando lo hace, se ceba con los pobres.

Con todas las garantías jurídicas, respetando ideas y credos, pero con la madurez exigible a esta sociedad, es imprescindible legislar sobre una realidad que nos supera; la de garantizar la dignidad en el postrer momento de la muerte.

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