Rosa de los vientos
Pilar Bensusan
Notables diferencias
Es cierto que duele más el golpe cuando suena tan cerca que su vibración, estoy segura, estremece mi cama. Si el aleteo de una mariposa podría desencadenar un huracán, el choque de dos trenes en Adamuz, que de un manotazo aplasta la vida de tantas personas, qué no provocará. El impacto nos alcanza de tal manera que –al carajo la compostura, los planes de hoy, y el artículo que ya os dejé escrito el domingo– esta mañana no me es posible más que echarme las manos a la cara y liarme a llorar. Sé que junto a ustedes. Llorar, sí, eso tan inservible. No conozco a ninguna de las víctimas, pero las conozco a todas. Las he visto mil veces, a mi lado en el vagón. Van con auriculares, con ordenadores, dormitan, se arreglan el flequi con el reflejo del cristal. Si van juntas, charlan, comparten la bolsa de papas. Bajan y suben maletas. Entran el frío del andén, y nos lo repartimos. Cuando atravieso el vagón, contemplo su cansancio que es el mío y, no sé por qué, algo se me encoge dentro. No hay un “otro”: es la lección de fondo que nos brinda esa cosa tan flipante que llamamos otredad.
Mañana volverán, volveremos, al estruendo ponzoñoso que arman en medios y redes los que llevan todita la razón, y los que la imponen por la fuerza. Volverá enseguida el tiempo de los arrogantes, las excelsas, los triunfadores, los invasores y sus lacayunas, los pulcros, los amenazantes y los sabelotodo, tan sabelonada. Ese tiempo que capitalizan quienes, tantas veces con falsa humildad, se sienten por encima de cualquiera. También será el momento de exigir responsabilidades. Pero hoy es el día de todos los demás: de las vecinas y vecinos de Adamuz que han corrido al lugar del siniestro para ofrecerse, de quien ha perdido a la mujer que amaba, de la conductora de la ambulancia, de quien recoge el zapato impar en la vía. De los que acaban de entender que la vida son más cosas. Sobre todo, de quienes tenían tanto por vivir, y ya nada. También es el día de usted y el mío, que hoy nos vamos a permitir llorar por personas a las que no conocimos, por las víctimas de esta catástrofe y por sus familias. Se nos junta el dolor con el dolor por las que, cerca o lejos, caen por causa de los ricos y pacificadores señores del hambre y de la guerra. Por los a hierro heridos y los entre hierros muertos. Por sus vidas y nuestras vidas pequeñas. Por la gran pérdida.
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