Sabios médicos

11 de marzo 2026 - 03:08

Me vio –es un decir– hace unos días, un pomposo galeno con fama de buen especialista que no cesaba de pavonear su importante sabiduría delante de dos alumnas que en pupilaje tenía adjudicadas, al parecer, para hacer con él algunas prácticas en la consulta a costa de inadvertidos pacientes que, como yo, nos acercamos hasta el hospital del PTS, en confiada demanda de remedio, en forma farmacológica o –incluso o mejor– de caricia espiritual, que ya dijo don Gregorio Marañón, que “no existen las enfermedades, sino los enfermos”.

Un servidor, que por ser hijo de médico creció a la sombra del dolor ajeno, ha tenido la oportunidad de comprobar que eso que dijo el precitado doctor Marañón es rigurosamente cierto: en determinada ocasión pasó por la consulta de mi progenitor una candorosa criatura que nunca volvería a cumplir los ochenta años y se quejó, la pobre, de sus dolores en las piernas cuando realizaba determinados quehaceres domésticos. Mi buen padre, que la recibía en revisiones periódicas, se deshizo –como siempre– en amabilidad y atenciones y le recetó una fórmula magistral, consistente en una suspensión de “agua de mayo y polvo de era”, no sin advertirle que sólo habría de tomar una cucharadita al día, tras cada comida, porque el tratamiento “era muy fuerte”, pero que así, encontraría pronto franca mejoría. Y la citó para que volviese unas fechas más tarde, las mismas que esperé yo para pedir permiso y asistir a esa siguiente consulta, a la que acudió María Sarmiento, que así se llamaba la paciente viejecita. Y allí estuve yo, de nuevo, oyendo con gran sorpresa lo bien que le había sentado a la Sarmiento la fórmula prescrita por su adorado médico. Cuando la paciente marchó, pregunté a mi padre y me informó, muy tranquilo y satisfecho, de que aquella mujer de lo único que padecía era de soledad y de años y que en la farmacia no existía modo de hacer un medicamento que eliminase mejorase lo uno ni lo otro. Sólo necesitaba ser escuchada, atendida con paciencia y con afecto.

Ni lo uno ni lo otro hallé en mi especialista de marras, pues me vio poco, me preguntó menos, me regañó mucho y me recetó más. Eso sí, dio una clase magistral a sus estudiantillas, dejándolas, seguro, asombradas de su inmensa sabiduría, rigiéndose sólo por los análisis de sangre y de orina. Pero nunca supo de qué color eran mis ojos ¿O no?

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