Notas al margen
David Fernández
El espíritu de Adamuz
La tragedia de Adamuz nos encoge el alma en plena noche. Al elevado número de víctimas se unen unas dificultades extremas. En la boca del lobo, una escena dantesca, con los cuerpos esparcidos y los heridos gritando, atraviesa la espina dorsal del equipo de emergencias. Desde el minuto uno, imperan la coordinación y el espíritu de unidad ante el caos para evacuar a todos los heridos en dos horas y no desfallecer hasta hallar al último cadáver. Los servicios de emergencias atienden primero a las víctimas del Iryo, hasta alcanzar a las del Alvia, cuando se conoce la magnitud del impacto. Todos acabaron rotos por dentro, pero el ímpetu de la gente que no se conocía de nada ayudándose los unos a los otros les reconfortó al finalizar. Es el caso de Gonzalo, el cuponero de Adamuz que rescató con su quad a ni se sabe cuántos pasajeros; y el de Dani, el conductor de la grúa que se pasó tantísimas horas buscando a los desaparecidos, que al final parecía un bombero más. O esos vecinos que entregaron todo tipo de alimentos, camas y mantas para el hospital de campaña adonde llegarían los heridos, mientras las farmacias del pueblo abrían sus puertas. Antonio Sanz no olvidará la entereza de Marta de Dios, la médico que fue de las primeras en llegar. Ni esos apuntes sobre catástrofes esparcidos sobre las vías de un opositor a bombero que se prestó a ayudar y sobre la marcha le practicó un torniquete a una joven, que resultaría vital.
Al afrontar el accidente desde la planificación y la templanza, Andalucía marcó la diferencia. La única vía que funcionó fue la de la colaboración. Sanz y Moreno pudieron dejar que fuera Óscar Puente quien explicara lo ocurrido. Pero dieron la cara en primer lugar, tras organizar el operativo con su comité asesor de emergencias, con la colaboración la Administración central. “Lloró todo el mundo y todo el mundo trabajó a la vez”, resumiría Sanz. Cuando Puente ha querido entenderlo, tras dedicar sus pullas a sus rivales a la menor ocasión, ya es tarde. Descartados el fallo humano y el exceso de velocidad, lo más lógico es que el problema estuviera en las vías, sometidas a gran estrés con las nuevas operadoras. Hace tiempo que la alta velocidad perdió la puntualidad y, con la seguridad bajo sospecha, también ha perdido la confianza del usuario. Nos gustaría pensar que nuestros dirigentes saben lo que más nos conviene, pero ante el deterioro de las infraestructuras da la impresión de que ejercen el poder sin control ni responsabilidad, mientras anuncian un AVE a 350 kilómetros por hora.
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