Extrañamiento comercial

13 de enero 2026 - 03:07

Hay negocios guardados en la memoria colectiva en algún rincón del sentir que afloran por sorpresa entre la urdimbre de callejas que desahogan arterias vitales como Gran Vía o Reyes Católicos.

Quedan, sí, pero son ya tan escasos, que el pasado miércoles, mientras daba buena cuenta de uno de mejillones con mahonesa en el Aliatar de siempre escuché a un amigo decir: “Pues claro que vengo aquí, es de lo poco bueno que nos va quedando”. Y sí. Quedan residuos de lo que fue una constelación comercial en la que entrabas y te llamaban por tu nombre, tipo La Holandesa, y eras protagonista de la compra a precios que aún no te tumbaban del espanto.

Granada fue barata. Hasta que, parado en un escaparate de Mesones, ves como se te cae el mito al ver marcada con ocho eurazos una tartaleta de chocolate con más franquicia que esencia comestible. Es el fin de una ciudad ya inasequible.

Se quejan los comerciantes de la ZBE de la asfixia del ya de por sí estado terminal del céntrico comercio. Debe ser posible vender abanicos o mantillas en la calle Salamanca para pagar alquileres y sueldos para regocijo de las franquicias. Ya ni puedes irte a endulzar a Flor y Nata, ni a por tu música a discos Krisis o a Pupus a por tus vaqueros porque en el Nevada puedes aparcar y pasear entre la masa. Al centro ya sólo accedes con permiso del turista, si ‘desokupa’ la mesa para dos si llegas antes de las siete, nuevo horario de cenar tan alemán como poco castizo.

El tirano beneficio desalmó plaza Bibrambla, saturada de tiendas de souvenirs o de turrón turco hacia el Zacatín que te interrogan con el para qué quieres tú una tienda de espadones medievales toledanos en Granada o más café gourmet si a tí te gusta el suiso plansha con tu café con leche en vaso.

A nadie se le ocurre algo para evitar el cierre de estos emblemas de la ciudad que desaparece diluida en la nada. Políticas tipo rebajas en los alquileres como en el Borne barcelonés si eras artesano o artista para rescatar barrios que morían de olvido; exenciones impositivas con baremos por antigüedad; o, qué se yo, bonificaciones en el IVA si acreditas ser marca centenaria, ideas más sensibles y menos esclavas de ese codicioso afán recaudatorio que desnaturaliza calles extrañas hasta para ellas mismas.

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