Rosa de los vientos
Pilar Bensusan
¿Glorioso día?
Decía Cervantes aquello de “¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte”. Lo del dinero siempre lo supimos. No hay más que ver la calidad menguante de los premios Planeta de cada año. Y en las películas, no hay más que hacer la cuenta de quién es el que se queda nada menos que una quinta parte de la taquilla del cine español cada año: Torrente del rey Midas Santiago Segura. Con su personaje seboso y guarro pero gracioso demuestra cuáles son las preferencias de un público que necesita ante todo verse reflejado, aunque sea en su lado más mísero y grasiento pero certero espejo de mangantes.
Al cine comercial no se le puede pedir más que eso, que dé de comer. Es garbancero de suyo. Pero si algo tiene que evitar es entrar en política. Este último interés, como demuestra año a año la gala de los Goya, desdibuja y rebaja hasta extremos serviles tanto al arte como a los artistas.
Se veía diáfano con el peloteo que le hacían las folclóricas y demás al Generalísimo, era evidente, y nos sonrojaba a todos menos a los colistas. Y sigue sonrojando casi igual cada vez que los ‘artistas’ del celuloide le dan coba, palmaditas en la espalda y si pudieran masaje shiatsu a Sánchez y los de esa cuerda.
No llegan a arrodillarse pero poco les falta, salvo algún que otro discordante que sabe muy bien que si no hace aún más la pelota con la chapa en la solapa, el pañuelo gazatí o el eslogan previsible y políticamente correcto pues dejará de sonarle el teléfono para nuevas películas.
Este servilismo y uniformidad ideológica de los que encarnan en España la llama del séptimo arte no es sano. El arte siempre debe desvelar al poder. Siempre. Este ya tiene sus medios de propaganda, subvenciones, palmeros varios y hasta formas más o menos sutiles de censura para imponer su relato. Salvo en la escena. Ahí la libertad creativa tiene que saber que, como todo bufón, puede y debe poner en solfa lo divino y lo humano. Y al que le pique, a rascarse.
Pero poco/nada se rascaban los poderosos en esta edición de los Goya sumisa, inclusiva hasta llegar a ser empalagosa, uniforme en ideas y enfoques y especialmente comprensiva con los trapicheos de la corte sanchista que, aquí sí, disfrutaba relajada pagada de sí misma mientras confirmaba cómo los cómicos de la legua, al menos éstos, prefieren el oropel y las gambas a dar rienda suelta a su conciencia.
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