Érase una vez
Agustín Martínez
¿Cantidad o calidad?
El rastro de mi biografía se perdió en el fondo de una botella y el silencio de voces que solo yo escuchaba. Me llamo como me puso el cura. Aunque hace años que nadie usa mi nombre para otra cosa que no sea rellenar un parte médico. No quiero un hogar. Las paredes son párpados que me obligan a mirar hacia adentro, al desván de cristales rotos que es mi memoria.
Para muchos, la calle es el infierno; para mí, un pacto de silencio. El asfalto no me pregunta por qué dejé de ser ingeniero para ser sombra. En el banco del parque soy un elemento más del paisaje. Allí, mi mente, poblada de pájaros que pían mensajes en clave, encuentra el espacio que la arquitectura le niega.
A veces, una mano amable me ofrece un café o un folleto de un refugio. Sonrío con la dentadura a medias y doy las gracias. Pero el café me quema la libertad. El folleto me huele a cárcel. La caridad busca «arreglarme». Pero no estoy roto; estoy desparramado. Mi hogar es el horizonte, lo que no tenga puertas, el único sitio donde mis delirios no molestan a los vecinos porque mis vecinos son el viento y los gorriones.
El frío en febrero es un perro fiel que muerde los tobillos para recordarme que sigo aquí. Pero ayer mis piernas se convirtieron en humo. El suelo subió a buscarme y desperté en este hospital. Las luces blancas son gritos de orden. Una enfermera me acaricia la mano con una ternura que me desarma y me dice: «Te vamos a buscar un sitio». Yo la miro y trato de explicarle, con voz oxidada, que el único sitio donde no duele el alma es donde nadie me espera.
Ella llora un poco, en silencio, mientras me limpia la suciedad del mundo. No entiende que mi locura es mi manta, y que estar a la intemperie es el modo que conozco de no sentirme encerrado en el hombre que fracasó. Solo pido que me devuelvan a mi esquina, donde el sol no juzga y donde, por fin, puedo ser nada sin pedir perdón.
La calle no se cura con camas, sino con cordura colectiva. Para quien habita el laberinto de la psicosis, un albergue es solo otra celda con techo. Urge una intervención del Estado y las CCAA: programas de acompañamiento que no busquen “limpiar” la acera, sino rescatar la dignidad. La enfermedad mental es el fracaso de un sistema que debe dar justicia y psiquiatría social. No basta con dar cobijo; se trata de devolver el derecho a ser personas.
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