El mundo de ayer
Rafael Castaño
Todos seguimos perdiendo
Es difícil encontrar palabras que describan con precisión nuestro deprimente espectáculo de insensibilidad política, pero lo de estos últimos días merece una mención en cualquier tratado de demagogia. Cuando las víctimas de una tragedia –45 muertos, familias rotas y una comunidad en duelo– se convierten en trofeos de confrontación política, cruzamos una frontera que va más allá de la simple crispación y profanamos la memoria de los que ya no están.
Mientras en Huelva, la ciudad de origen de la mayoría de las víctimas, se organiza un funeral religioso institucional donde estarán los Reyes y diversas autoridades autonómicas y estatales con el objetivo (al menos en teoría) de acompañar a los dolientes de verdad, en Madrid se improvisa otro acto eclesiástico en la Catedral de La Almudena. ¿Motivo? Que la presidenta de la Comunidad ha exigido ser protagonista de la escena, insistiendo en que el dolor “es compartido por todos los españoles” y que por tanto ella también debe ocupar un pedestal en esa dolorosa despedida.
Todo ello coincide en horario y propósito con el homenaje de Huelva –que incluso ha tenido que cambiar de ubicación por la masiva respuesta de afectados– lo que no impide que se convierta en excusa para el circo partidista. Más allá del consuelo a las familias, lo que se busca es ocupar portadas y lanzar dardos venenosos a tus adversarios. Las misas religiosas, que deberían ser espacios de recogimiento, se transforman así en misiles arrojadizos sobre cadáveres aún calientes. Por si fuera poco, desde el Partido Popular se ha llegado a pedir que no asista el Gobierno a la ceremonia de Huelva, calificando la presencia de determinados ministros como “provocación”. Y si ellos estaban ausentes, ¡peor todavía! Porque en Madrid se apunta con el dedo a quienes “no respetan nada”, en una guerra de reproches que ni siquiera espera a que el duelo pase.
No hay nada más grotesco que contemplar a políticos disputándose el control del relato y la foto de rigor mientras el luto es manipulado como mercancía electoral. Homenajes solapados, exigencias de protagonismo, vetos de asistencia, palabras grandilocuentes y cero sensatez: así se construye la memoria pública en estos tiempos de polarización extrema. Si esta es la manera de rendir tributo, mejor sería resignarse a guardar silencio y recordar a los fallecidos en la intimidad que han robado. Porque si los muertos pudieran hablar, probablemente pedirían que los dejaran descansar… y que a los vivos les prohibieran hacer espectáculo de su tragedia.
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