De Puente a puente

30 de enero 2026 - 03:06

óscar Puente es, probablemente, el perfil más divisivo de la política española actual. Y no deja de ser irónico que alguien con ese apellido se haya especializado, precisamente, en dinamitar vías de entendimiento. Lejos de facilitar el tránsito de ideas, el ministro parece disfrutar ejerciendo de pararrayos de una tensión que él mismo alimenta, conectando realidades que muchos preferirían no tocar ni con un palo.

En teoría, un puente está para unir orillas. Pero las intervenciones de Puente funcionan más bien como esos puentes levadizos que se levantan de golpe, dejando al que está enfrente tirado en la cuneta. Su estilo no es de cohesión; es de trinchera. Tiene una agresividad dialéctica que no busca convencer, sino fortificar su parcela. Cuando un ministro se baja al barro para llamar “saco de mierda” a un comunicador o se enreda en trifulcas tuiteras que degradan el cargo que ostenta, lo que vemos es una peligrosa fatiga de materiales. Un político que tensa tanto el lenguaje acaba por romper lo más valioso: la confianza del ciudadano.

Escuchar a Puente tiene un peaje: la crispación obligatoria. No hay viaje gratis con él. Cualquier explicación técnica sobre la red ferroviaria viene con una carga de profundidad contra la oposición o contra cualquier medio que ose criticarle. En su gestión no hay espacio para el error propio ni flexibilidad con el ajeno. Es una estructura rígida que aguanta los vítores de sus fieles, pero que ignora por completo el deber de moderación institucional.

Resulta contradictorio que el encargado de la conectividad de un país sea el arquitecto jefe de los muros dialécticos. España necesita puentes de verdad que cierren la brecha de la polarización, pero el ministro prefiere los carriles de sentido único: el suyo. Sus palabras no sostienen el debate; son vigas lanzadas contra el adversario para sacarlo de la carretera.

Si la política de transportes consiste en mover personas con seguridad, la estrategia de Óscar Puente parece ser la de volar los pasos intermedios. Un puente que solo deja pasar a los “nuestros” deja de ser una infraestructura de todos para convertirse en un fortín privado. España merece una gestión que sea menos “puente de guerra” y algo más parecida a una vía de entendimiento.

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