El monaguillo de San Fernando

Antonio es un sabio del que debemos enorgullecernos porque sus investigaciones sirven para salvar vidas

Hoy me apetece hablar del médico y científico Antonio Campos, una persona que merece ser admirada. Y me apetece hablar simplemente porque ayer pudimos leer en este periódico una entrevista que le hacía una periodista llamada Elena Camacho. Digo el nombre de la periodista porque es de Efe y ya se sabe que los periodistas de las agencias tienen pocas ocasiones de ver sus firmas en los diarios. Decía que Antonio Campos es una persona que merece ser admirada no solo porque es un científico que ha desarrollado tejidos artificiales con potencial para regenerar órganos y curar a los pacientes, sino por su talante personal, su humanismo y su posicionamiento ante la vida. Sobresalir en Granada y que te admiren es difícil. Siempre aparece esa especie de rencor de aquellos que creen que deberían tener más consideración que la que sociedad le ha otorgado. Granada puede llegar a ser una perversa máquina de belleza, puede llegar a frustrar las dotes creativas de alguno de sus habitantes, aquel que siente la opresión de una sociedad cerrada, envidiosa, que no es capaz de aguantar el éxito de uno de sus hijos. Lo dijo Muñoz Molina, que abandonó Granada, entre otras cosas, porque notó que muchos de sus colegas la retiraron la palabra tras su éxito en la Literatura. Granada hiere y zahiere. Pero Antonio Campos, que nació en San Fernando, compartió infancia con Camarón de la Isla y fue monaguillo de la iglesia Mayor de su pueblo, parece que ha conseguido traspasar esa barrera tan granadina que separa la ferviente admiración de la malsana envidia. Antonio es un sabio del que los granadinos debemos enorgullecernos porque sus investigaciones sirven para salvar vidas humanas. A muchas de las personas que han sufrido graves quemaduras les han sido implantadas la piel artificial creada en su departamento, personas que luego han podido rehacer sus vidas. Antonio Campos es un referente mundial en este campo –ingeniería tisular, la llaman– y eso debe servir para causarnos la consiguiente admiración. Además, es un médico humanista que lee a Miguel Torga y a Walt Withman. En estos tiempos de simplicidad en los que todo el mundo está pendiente del fichaje de un futbolista que solo tiene el mérito de darle bien a una pelota, la noticia de un científico que ha descubierto algo que puede ser crucial para el desarrollo de la medicina parece algo irrelevante. Mbappé meterá goles, pero Antonio Campos salvará vidas. Vaya pues mi admiración personal por el monaguillo de San Fernando.

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