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La muerte del misionero

La muerte del misionero no llama la atención, no destaca, no indigna, ni provoca. No desata, como otras, las redes sociales

El pasado viernes murió, asesinado a balazos en la frontera de Togo con Burkina Faso, el sacerdote cordobés Antonio César Fernández tras 55 años de Salesiano y 45 de sacerdote, cuando regresaba de una reunión de su Comunidad en aquella parte de África al sur del desierto del Sahara, en la región del Sahel, la más deprimida de todo el continente y la de mayor pobreza del mundo entero, y campo abonado para las guerras y el terrorismo yihadista.

Si uno se detiene a analizar la información recogida en los principales medios al respecto, lo primero que llama su atención es la manera tan aséptica de narrar los hechos, el relato plano y desapasionado propio de la agencias de noticias internacionales, tan distantes, como si los terribles sucesos ocurridos (el coche detenido en la frontera, la media hora interminable del registro, la tensión, el apartamiento por la fuerza del sacerdote anciano, y el sonido seco de los disparos tras el verde del bosque…) no fueran sino una consecuencia previsible de aquella tierra sin ley ni derechos.

Hasta la lacónica declaración del Ministro de Asuntos Exteriores, tan dado al parlamento elaborado y profesoral en otras situaciones y contextos, tenía un aire frío y funcionarial como de empleado de empresa funeraria: "El religioso asesinado estuvo en el sitio menos indicado en el peor momento", nos vino a decir, como si la causa de su muerte fuera sobre todo la mala suerte. Desde luego, si el hombre en lugar de sacrificar su vida por los demás en el lugar más remoto de África se hubiera quedado dando clases en su colegio salesiano de Úbeda posiblemente seguiría ahora mismo con vida, pero esa no es la cuestión.

La muerte del misionero no llama la atención, no destaca, no indigna, ni provoca. No desata, como otras, las redes sociales. Y si el misionero es además religioso, no digamos un cura, ya se hace casi invisible, y la discreción en su tratamiento podría hasta engrosar el libro de estilo de cierta prensa, no vaya a ser que alguno le dé por replantearse prejuicios inconfesables. La Iglesia católica no es mayoritaria en África, pero de su creciente presencia allí dan cuenta los más de 950 hospitales o 700 orfanatos atendidos por 14.000 misioneros que como el malogrado salesiano son, como dice el papa Francisco, nómadas del Evangelio. Y cuando alguno de ellos falta, el mejor homenaje es precisamente recordarlo.

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