Paisaje urbano

Los nuevos monárquicos

Cada día recibimos en el móvil cientos de mensajes de apoyo a la Casa Real

Las malas compañías de este Gobierno y su peculiar relación con la Corona, deteriorada hasta el punto de impedir al Rey asistir a la entrega de despachos de los llamados a administrar la Justicia en su nombre, unida a la creciente polarización de la sociedad, ha dado con un nuevo personaje, el monárquico nuevo, encuadrando en este numeroso e inquieto sustrato social a los que, de súbito y con notable estruendo, han abrazado la fe monárquica cuarenta años después, curiosamente cuando ésta se encuentra en su punto más bajo de popularidad.

Cada día recibimos en el móvil cientos de mensajes de apoyo a la Casa Real y mi Facebook parece una recreación perenne del día de la Hispanidad, de tantos como manifiestan con familiar solemnidad su adhesión a la Corona. De algunos de sus remitentes no nos extraña, pues son monárquicos de tradición que siempre han jurado lealtad al Rey o, como la mayoría, ciudadanos anónimos que simplemente agradecen la extensa etapa de estabilidad y prosperidad que ha procurado a España la Monarquía Parlamentaria. Sí sorprende la defensa furibunda de la institución de personas (y personajes) con los que nos hemos hartado de confrontar en aquellas interminables discusiones de barra que nada tienen que envidiar a las trifulcas parlamentarias de ahora, en las que, inocentes y candorosos, defendíamos como podíamos la buena reputación de Juan Carlos I ante las feroces acusaciones sobre su vida privada. Y ahora, cuando las tristes noticias de estos días no hacen sino darles la razón y nuestro Felipe VI resiste como puede más solo que la una, van y cambian de bando, abjurando del Delenda est Monarchia de Ortega con el que remataban su soflama, antes de que el sufrido camarero nos echara a las tantas del bar harto de nosotros.

En el fondo, este entrañable neo-monarquismo de brillantina y banderita en el reloj no se diferencia mucho de aquel otro que acogió el rojerío en los años de la Transición, sólo que si éste último lo que pretendía era la estabilización de un régimen democrático que perpetuara los valores de una nueva especie de república con corona, aquel lo que persigue más que nada es que este régimen liberal no se destruya. Porque esa es al fin la función de la Corona encomendada en la Constitución, a modo de estrambote de unidad en un régimen de libertades. Y visto lo visto, no parece que tengamos a mano otra cosa mejor.

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