Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Silencio en Adamuz
ANTEAYER pasé dos veces por la vía que hoy simboliza la fragilidad de todo un país. El tren avanzó despacio por el tramo recto donde ocurrió la tragedia. Aún quedan restos visibles, señales mudas de un golpe brutal que dejó 46 vidas truncadas y casi 300 heridos, 125 de ellos graves. Basta mirar por la ventanilla para sentir que ese punto del mapa es ya una herida colectiva.
Ese mismo día, la Junta otorgaba al pueblo de Adamuz la Medalla de Andalucía por su solidaridad. Un contraste evidente: un lugar marcado por la muerte que muestra, a la vez, la mejor versión de sus vecinos. Gente que reaccionó antes que nadie, que ofreció ayuda sin pensar. Un reconocimiento merecido.
Este accidente tiene una triple dimensión que aún condiciona el futuro de Andalucía y de España. La primera es la humana, la más devastadora. Familias rotas y vidas interrumpidas sin aviso. Cada cifra es una historia que ya no seguirá. Antes de cualquier debate, están ellos. Las víctimas.
La segunda afecta al territorio. La Junta calcula un impacto de 2.000 millones de euros, pero el daño supera cualquier cifra. ¿Qué pierde una tierra cuando se quiebra la confianza en su seguridad? ¿Cómo se resiente la reputación de una región que tiene en el turismo uno de sus pilares económicos?
La tercera dimensión sigue siendo la política. La Guardia Civil ha señalado al juzgado tres posibles causas del fallo en la vía: un carril defectuoso, una soldadura defectuosa o el estado general del conjunto. Ninguna de ellas es compatible con una infraestructura por la que circulan trenes a más de 200 kilómetros por hora. Y, empero, seguimos sin una explicación clara. Sin una asunción de responsabilidad a la altura de lo ocurrido.
Cuando mi tren cruzó la zona del accidente lo hizo a una velocidad que impresionaba. Casi en silencio, con sensación de un país que avanza, pero con miedo, porque no sabe si puede volver a confiar.
Los restos junto a la vía no son sólo vestigios. Son un recordatorio de que las víctimas merecen la verdad y de que Andalucía necesita respuestas. Y revelan algo más: un pequeño pueblo actuó con más dignidad y rapidez que quienes debían haber evitado la tragedia.
Porque hay una conclusión imposible de esquivar: cuando un Gobierno está sólo preocupado por su propia supervivencia política, quienes pagan las consecuencias son los ciudadanos. A veces incluso con su vida.
También te puede interesar