La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

Otra vez confinados en Granada (y con motivos)

En Granada no somos más irresponsables que los demás, pero depender del turismo y de la vida universitaria tiene un peso

La UGR pide colaboración a la Policía Local para identificar y sancionar a los universitarios que participen en botellones La UGR pide colaboración a la Policía Local para identificar y sancionar a los universitarios que participen en botellones

La UGR pide colaboración a la Policía Local para identificar y sancionar a los universitarios que participen en botellones / Archivo

El coronavirus hay que esquivarlo en la calle y combatirlo en los hospitales; no en los tribunales. Los datos de muertes y contagios de los últimos días ya no dejan espacio a interpretaciones ni benévolas ni oportunistas que desdibujen lo que se había anticipado durante todo el verano y parece que nos resistimos a asumir: que la segunda ola está aquí, que sería tan virulenta como en primavera y que traería el añadido del impacto del frío y de la gripe.

La radiografía de la pandemia del Covid, desbocada y sin control, no deja más camino que volver a las medidas drásticas de restricciones, incluyendo la movilidad y el confinamiento (aunque sea parcial), y en España sería suicida no recurrir al estado de alarma para dar cobertura a las autonomías con una base jurídica compartida que no obligue a abrir un conflicto judicial en cada territorio y permita flexibilidad tanto en tiempos como en tipos de actuaciones. Descendiendo incluso a áreas sanitarias y a ciudades como se hará en Granada. El Gobierno lo decretará hoy. Sánchez cambiará la foto de ayer con el Papa en el Vaticano por la de un consejo de ministros extraordinario con una doble misión: que evite el café para todos con que en marzo paramos en seco el pulso del país y que pueda ser asumida por los distintos ejecutivos autonómicos sin que importe el color de quien gobierne.

En Andalucía, uno de los principales focos de preocupación se mantiene en Granada. Sobre el papel tenemos ya el horizonte de cierre perimetral que afectará desde este mismo lunes a la capital y todos los pueblos del Cinturón. Ha sido la crónica de un confinamiento anunciado: primero fueron las clases presenciales en la universidad, luego los horarios de bares y restaurantes y ahora la movilidad. Será la primera capital andaluza que ensaye la escalada de medidas que la Junta ha ido imponiendo en la zonas de mayor riesgo y puede que sea la primera gran ciudad que estrene el famoso toque de queda con que se pretende desactivar la vida social nocturna sin tener que volver al arresto domiciliario (la medida se anunció pero la Junta deja su aplicación al criterio provincial y de momento queda en el aire).

Lo que ya tiene la certificación del BOJA es que se acabaron los fines de semana a la playa, que se sumará otro nubarrón para la campaña de esquí, que perderemos el puente del 1 de noviembre (el de las subidas masivas a los cementerios y las temidas fiestas de Halloween), que el de diciembre se empieza a tambalear y que ni si quiera está claro que podamos "salvar la Navidad". Como no fue posible celebrar la Semana Santa, ni el Corpus ni las ferias del verano.

"Hay que salvar vidas a cualquier precio". Las palabras del presidente de la Junta coinciden en dureza con las advertencias que desde Madrid ha lanzado esta semana el ministro de Sanidad sobre los "cinco o seis meses muy duros" que nos esperan. Y se apartan, además, del espejismo de recuperación económica que ha marcado el discurso de su vicepresidente. Pareciera que Juanma Moreno (PP) y Juan Marín (Cs) viven en dos dimensiones distintas de la crisis. El primero, apoyado en Bendodo y Aguirre, apagando fuegos a golpe de BOJA; el segundo, en una eterna campaña de legitimación. Dentro y fuera de San Telmo; dentro y fuera de su propio partido.

El objetivo es loable pero la realidad es perversa: aunque no hay sector que haya quedado inmune de los efectos devastadores del Covid, la restauración y la hostelería, el turismo con carácter general, ni pudo sobreponerse en los meses estivales ni parece que haya margen para remontar ahora maquillando las cuentas en lo que queda del año.

Granada no es ninguna excepción pero sería importante asumir que cada territorio, con sus particularidades y condicionantes, necesita una respuesta singular. De ahí la importancia de las reglas del juego que se decidan hoy en Madrid, del reparto de fondos que se discuta mañana lunes en la conferencia de presidentes y de las medidas que se impulsen a nivel local con iniciativas, por ejemplo, como la batalla contra las fiestas en los pisos de estudiantes. No somos más irresponsables que en cualquier otra ciudad, no somos mejores ni peores, pero asumamos que nuestra dependencia de la vida universitaria y del turismo tiene un precio. Para lo bueno y para lo malo.

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