Tribuna

Alfonso lazo

Historiador

'Occidens'

'Occidens' 'Occidens'

'Occidens'

Termino estos días la lectura de Serotonina, última novela de Michel Houellebecq llegada a las librerías. Autor odiado por las feministas, los islamistas, los buenistas y los críticos literarios progres, es uno de los escritores del más alto interés en Francia. Difícil que le den el Premio Nobel de Literatura, e imposible el Premio Nobel de la Paz reservado casi siempre a tontos de capirote. Pero Serotonina es mucho más que una novela, es el retrato fiel de la Europa decadente que no tiene salvación.

También días atrás me regalaron el magnífico catálogo de la exposición permanente que en torno a la catedral de Pamplona se exhibe bajo el rótulo de Occidens. Una muestra que recorre desde los orígenes de Europa al mundo occidental de hoy. Piezas arqueológicas, figuras, textos (tanto de un pasado histórico como de pensadores contemporáneos) y maquetas (formidable la elaborada por la arquitecta navarra Marta Boneta) con una espectacular iluminación dan cuenta de la grandeza de Occidente que parece tocar a su fin. ¿Final de Occidente?

Joseph Ratzinger escribía a finales del pasado siglo: "Occidente siente un odio por sí mismo que es extraño y que sólo puede considerarse como algo patológico. Occidente ya no se ama a sí mismo. Sólo ve de su propia historia lo que es censurable y destructivo al tiempo que no es capaz de percibir lo que es grande y puro. Europa necesita de una nueva aceptación de sí si quiere verdaderamente sobrevivir". Y así es. Cosa que la mayor parte de la intelligentsia europea no se atreve ni a pensar. Un olvido culpable de que en los orígenes de nuestra cultura está Roma, capaz de levantar no sólo templos y acueductos, sino todo un sistema social y político de derecho privado, sin equivalente en pueblos y culturas anteriores, que cambió el concepto mismo de hombre. El Derecho Romano, la igualdad de todos los hombres ante la ley, la libertad personal, la democracia, el Estado de Derecho, el humanismo, la racionalidad son valores que hoy nos parecen obvios, pero que tienen su origen en Occidente y no en otras grandes culturas: ni en China, ni en la India, ni en el budismo, ni en el Islam, ni en el África negra…; pues debajo de esos valores y conceptos aparentemente universales, sosteniéndolos, estaba el cristianismo, sea entendido como fe o sea entendido como cultura: cristianismo como la raíz de Europa, y no de China, la India o el Islam.

En noviembre de 1999 Mircea Eliade tuvo una intervención memorable en los coloquios anuales Roger William Fellowship. Sostuvo que la ciencia moderna no habría sido posible sin el judeocristianismo que eliminó lo sagrado de una naturaleza poblada de dioses y acabó con el fatalismo astrológico, tan fuerte al final de la antigüedad pagana. En diciembre de 2005, cuando ya el materialismo del gran consumo, el relativismo, el multiculturalismo y el pensamiento débil habían secado las raíces cristianas de Europa otro sabio, Fernando Savater, hablando en defensa del Estado laico nos contaba en Sevilla cómo el cristianismo al separar radicalmente mundo natural y divino abrió el paso al desarrollo moderno.

La exposición de Pamplona habla del fin de Occidente no como una catástrofe, sino como una transformación hacia algo nuevo propiciado por el mestizaje ya que todas las culturas han sido mestizas empezando por la occidental. Hace tiempo, en una mesa redonda, cierto amigo antropólogo me acusó de racista porque yo había defendido el mestizaje, y para un antropólogo las etnias deben conservar intacta su identidad. No pedí perdón: para mí mestizaje significa integración (salta a la vista que sin integración se hace imposible lo mestizo) y asimilación, un fenómeno capital cuando la Historia genera grandes movimientos de pueblos y los que llegan hacen suya la patria que los acoge mientras el país de acogida los asume como iguales: el gran crisol de los Estados Unidos donde hispanos, suecos, etíopes, africanos, hindúes… conservan su religión y costumbres domésticas al mismo tiempo que se sienten americanos orgullosos de la Constitución y la bandera. Un modelo fecundo que sólo es posible si quienes arriban lo hacen de forma ordenada y legal; de lo contrario la inmigración se convierte en invasión, el mestizaje no existe y Occidente pierde los últimos restos de su personalidad y grandeza. El 28-F es el Día de Andalucía, pero en la gran Historia, no en una nota a pie de página, ese día fue un 2 enero cuando, por derecho de herencia, Andalucía quedó recuperada para el Occidente.

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