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Marie Curie | Crítica Defensa de Marie Curie

  • En su 'Marie Curie', Adela Muñoz Páez acomete, junto a una defensa razonada y razonable de la científica polaca, la pormenorizada biografía de una mujer que obtendría el Nobel en dos ocasiones

Imagen de la profesora y ensayista Adela Muñoz Páez Imagen de la profesora y ensayista Adela Muñoz Páez

Imagen de la profesora y ensayista Adela Muñoz Páez

Escribir sobre ciencia entraña siempre una dificultad añadida: la de hacer entendible, para un público lego, la importancia y la naturaleza de sus logros. En el caso que nos ocupa, la biografía de Maria Sklodowski, más conocida como Madame Curie, dicha dificultad se ve acrecentada por las opiniones adversas que se vertieron sobre ella, y que acaso desdibujen su verídica efigie; opiniones que nacen, con toda probabilidad, de su doble condición de mujer y extranjera, y cuya prominencia en el mundo de la ciencia francesa, apenas comenzado el XX, no se aceptó sin muchas reservas. Este Marie Curie de Adela Muñoz Páez, catedrática de Química en la Universidad de Sevilla, sortea con éxito ambas dificultades, no sin añadir una visión que excede el ámbito de lo científico, pero que completa y engrandece la estatura humana y científica de la biografiada: me refiero al contexto histórico y a las particularidades domésticas (educativas, familiares, etcétera) en los que tales hechos toman cuerpo.

Quiere esto decir que sin la aflictiva situación política de Polonia, ocupada por rusos, prusianos y austro-húngaros, la historia de Maria Sklodowski hubiera sido, probablemente, otra. Y ello por una razón que se repetirá durante las guerras del XX: la incorporación de la mujer a los oficios y privilegios masculinos irá vinculada a la escasez de hombres, fruto de las guerras. También la penuria familiar retrasará la hora en que la futura Maria Sklodowski llegue a París para cursar estudios de física. Todo esto está suficientemente explicado por Muñoz Páez, de modo que cuando la señorita Skodowski se transforme en Marie Curie (esposa del científico Pierre Curie, y ambos premios Nobel de Física en 1903), el lector se hallará en condiciones de imaginar el París simbolista donde la señora Curie realizará sus avances: avances determinantes en la comprensión del mundo de los elementos químicos y de sus extrañas emanaciones, luego conocidas como radiactividad.

A través de estas páginas, el lector se halla en condiciones de imaginar el París simbolista donde la señora Curie realizó sus avances

Recordemos, por otra parte, que esa Europa de primeros del XX acaba de conocer La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, y en breve tendrá noticias de los hallazgos de Einstein, tanto en lo que concierne a la naturaleza de la luz, como a la extraña ductilidad del tiempo y el espacio. Lo cual implica que, junto a los hallazgos de Curie, y más tarde Rutherford y Borh, se estaba produciendo una profunda revisión de la realidad, que atañía no sólo a la naturaleza de la materia y el tiempo, sino a la propia conciencia del ser humano, abismado, según Freud, en espejismos de origen traumático.

Una de las partes más destacables de esta biografía quizá sea esta que acabamos de sugerir: la transformación de la ciencia, del científico, en un fenómeno de masas, cuya notoriedad se alcanza justo cuando el mundo se hace más difícil de explicar. A Marie Curie dicha celebridad le haría pagar un alto precio, tras la muerte accidental de su marido, y después de conocerse su relación con un científico casado. Ahí, la mismas fuerzas que habían acuciado, unos años antes, al capitán Dreyfus, hostigarán a la investigadora y Nobel por duplicado, que ahora se aparecía a la opinión pública, no como una científica eminente, sino como la mujer inmoral, polaca y judía que sustraía el marido a una honesta mujer francesa.

En este mismo sentido, el de los prejuicios de la opinión pública, cobra importancia la afición de Pierre Curie al espiritismo; afición que alcanzaría su ápice durante la Gran Guerra, y que había captado a defensores tan brillantes como Conan Doyle, quien impartió conferencias por todo el mundo, haciéndose acompañar de una médium. Su amigo Houdini se esforzó inútilmente en demostrarle que se trataba de una superchería. No obstante, tanto Doyle como Curie pensaban hallarse ante un proceso científico; y, en consecuencia, ante una forma legítima de acceder a una realidad ignorada. Ese mundo, a un tiempo crédulo y vertiginoso, no encontraba, sin embargo, un lugar adecuado para Las hijas de Lilih, como ha llamado Erika Bornay a las mujeres de aquella hora. En esta Marie Curie de Adela Muñoz se encierran, pues, grandes dosis de soledad y una formidable perseverancia, cercana al heroísmo. Aun así, es la compleja contextura de un ser humano, explicada con rigor y suficiencia, lo que hace de este libro un libro destacable.

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