¡Milagro! Éxtasis y sombras en el Palmar de Troya | Crítica Una fe escandalosa

  • El periodista gaditano Jorge Decarlini reconstruye en '¡Milagro!', editado por Libros del K.O., cómo Clemente Domínguez Gómez y Manuel Alonso Corral levantaron el imperio del Palmar de Troya

Jorge Decarlini (Cádiz, 1987).

Jorge Decarlini (Cádiz, 1987).

Es historia conocida, pero siempre que la leemos nos deja perplejos. El periodista Jorge Decarlini acaba de publicar ¡Milagro! Éxtasis y sombras en El Palmar de Troya. Una crónica de esa iglesia cismática que surgió a mediados de los setenta y que se proclamó la única y verdadera –El Vaticano está corrompido y secuestra por masones y comunistas (sic)–. Nos cuenta el periodista que todo empezó en una pedanía del sur de España, donde apenas vivían habitantes y la vida era rural y pobre. A finales de los años sesenta del siglo XX, cuatro niñas afirmaron ver a la Virgen, la cual se apareció en una finca por entonces propiedad de los Urquijo –una importante familia de ganaderos–. De aquel suceso se desencadenaron historias de videntes, personas que aseguraban hablar con Jesucristo, que sufrieron estigmas. Y de ahí a las luchas de poder por hacerse con el control de aquello, de fieles repartidos por el mundo –América Latina, Europa, África–, las portadas de los periódicos, las vertiginosas cifras de dinero que por allí circulaban. Una historia de hipocresía moral, de familias rotas, de posibles abusos sexuales. Acierta el autor en resaltar este aspecto: por lo general nos tomamos este episodio a broma, con sonrisa mordaz, pero en su fondo lo que predomina es dolor, mucho dolor y mucha miseria.

Con un magistral dominio en la narración, el periodista Jorge Decarlini nos va detallando su crónica, fundamental para comprender qué pasó en aquella localidad sevillana, cómo unas supuestas apariciones terminan con un hombre que se elige papa y que declara la guerra al Vaticano, excomulgando a todo aquel miembro de la Iglesia católica posterior al papado de Pablo VI. Y a la familia real, a todos los presidentes de la democracia, a aquellos que hubiesen visto Jesucristo Superstar, a Camilo Sesto.

Clemente Domínguez y Manuel Alonso fueron los dos hombres que lideraron a los feligreses que poco a poco –cada vez mayores en número– se iban acercando a La Alcaparrosa –el nombre de la finca de los Urquijo–. No fueron los primeros en llegar allí, ni siquiera los más aventajados, pero con sagacidad y ciertos golpes de suerte sortearon a todos los enemigos y a todos aquellos que le pudieron hacer sombra. Apenas tenían los contactos y la posición social y económica de sus rivales, sin embargo poseían dosis de descaro y de carisma, y por supuesto entre cero y ningún escrúpulo o pudor. Así consiguieron engañar, escribe Decarlini, a María del Patrocinio Frígola y Muguiro, baronesa del Castillo de Chirel, quien accedió a donar una gran cantidad de dinero destinada a aquellas personas que representaban la resistencia del tradicionalismo católico. Como apunta el periodista, es importante el contexto de estos años, finales de los sesenta y de los setenta, donde la Iglesia católica debatía la renovación de la liturgia, adaptando sus costumbres a los parámetros de la modernidad. A su vez, en España, el régimen franquista se estaba deteriorando, y se notaban deseos de cambio en buena parte de la sociedad española. Los primeros palmarianos vieron ahí una buena manera de sumar apoyos: tomando ese discurso tradicionalista, que estaba perdiéndose, y que de alguna forma tenía que resistir.

La basílica de El Palmar de Troya. La basílica de El Palmar de Troya.

La basílica de El Palmar de Troya. / Eduardo Abad / Efe

Pero esta aristócrata no fue la única persona engañada. Vinieron muchas otras. Desde feligreses anónimos a los que se les obligaba a entregar sus propiedades hasta familias pudientes. Sólo así se entiende el patrimonio que la iglesia palmariana acumuló: propiedades de miles de metros cuadrados en el centro de Sevilla, residencias por medio mundo, coches de lujo, furgonetas para trasladar a los devotos hasta El Palmar, una basílica.

Jorge Decarlini nos explica cómo se ordenaron los futuros papas de la orden, quienes no contaban con el apoyo del cardenal de la diócesis de Sevilla, Bueno Monreal. Todo fue, una vez más, mezcla de picardía y suerte –o providencia, dirían ellos–. Un arzobispo vietnamita, integrista del catolicismo más tradicional y enemigo del comunismo, viajó hasta Sevilla en la Navidad de 1975. Ngô Ðình Thuc, que así se llamaba, llevaba a sus espaldas una interesantísima historia que no desvelamos, y con la que se entiende ese odio visceral hacia todo lo que sonara a modernidad en la Iglesia católica. Escribe Decarlini que la ceremonia de la ordenación duró “cuatro horas y media” y que en ella hubo “unas 350 personas”. Aquel 31 de diciembre de 1975 fue otro paso hacia la consolidación de esa fe escandalosa –en todos los sentidos– que era la fe palmariana.

El autor señala que nos tomamos este episodio a broma, pero en él predomina mucho dolor

Clemente Domínguez, al poco tiempo de su ordenación, sería nombrado Gregorio XVII, el popular papa de la iglesia de El Palmar de Troya. El periodista nos relata cómo fue la vida de este excéntrico personaje, entre los éxtasis en su basílica y los éxtasis en los bares de Sevilla. Mientras obligaba a su comunidad de seguidores a una vida de ascetismo y dominio de las pasiones mundanas, “las juergas de Clemente eran vox populi en Sevilla y Utrera”, escribe Decarlini.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro.

Estas prácticas duraron hasta la muerte del papa Clemente, en la primavera de 2005 –muerte muy cercana a la de Juan Pablo II–. Y, aunque se intentaron corregir con su sucesor en el trono, Manuel Alonso, con la llegada del tercer papa, Sergio Ginés María, El Palmar de Troya volvió al desenfreno que siempre fue. Intentos de robo, obispos apuñalados, un papa que deserta para salir en la portada de Interviú con la mujer con la que se casaría. El despropósito sin límites –si es que alguna vez los hubo–.

Jorge Decarlini ha escrito una historia en la que convergen duros testimonios personales, delirantes episodios, oportunistas sin escrúpulos, retrato social de la España tardofranquista. Una crónica muy bien resuelta que se lee con interés, en breves capítulos que no agotan al lector. Al terminar el libro es imposible no preguntarse cómo pudo ocurrir, y cómo ocurre, todo lo que en él se cuenta.

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