Concierto inaugural del Festival de Música y Danza de Granada | Crítica Emocionante 'Réquiem'

  • Andrea Marcon ofrece un actuación con calidad y perfecta idea interpretativa en un genial engavillado donde orquesta, coro y solistas se funden en una oración profunda

Una imagen de la inauguración del Festival de Música y Danza en la Catedral. Una imagen de la inauguración del Festival de Música y Danza en la Catedral.

Una imagen de la inauguración del Festival de Música y Danza en la Catedral. / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

Asistimos a un emotivo concierto inaugural del Festival Internacional de Música y Danza, en un ciclo que continuará en plasma algunos días, hasta que el 9 de julio se reanuden con asistencia de público, guardando distancias y asfixiados con mascarillas en lo más tórrido del verano granadino que a mí, personalmente, me aterran, aunque las circunstancias obligan inexorablemente a llevarlas. Y hablando de asfixias, me maravilló que el coro cantara, a pesar de llevar tupidas mascarillas, con la fuerza y nitidez que lo hizo -sobre todo ellas que las tenía más cerca- en la versión del Réquiem en re menor, K.626, de Wolfgang Amadeus Mozart que en recuerdo a las víctimas del Covid-19 ofreció la Orquesta y Coro, ampliado con el grupo juvenil, Ciudad de Granada, dirigidos, en su última actuación al frente de la OCG, por Andrea Marcon.

Me referí en el comentario previo del jueves a la peculiaridad de esta obra inacabada como el último aliento del compositor y el mejor recuerdo de un ser que fue enterrado en soledad, bajo una terrible tormenta, que diezmó a los escasos asistentes y fue lanzado a una fosa común de la que nunca se supo. La soledad del Mozart de los últimos instantes tiene mucho paralelismo con la soledad en la que han perecido la mayoría de víctimas del coronavirus que, aún en nuestro país, no conocemos el número exacto de fallecidos, aunque, como tantas veces he dicho en las habituales columnas, no son precisamente cifras para tirarse unos políticos a otros, sino personas desaparecidas, con sus nombres y apellidos, con su vida truncada, sus ilusiones y amores, con sus familiares y amigos, de los que no han podido despedirse.

Los Coros tuvieron que llevar mascarilla durante el recital. Los Coros tuvieron que llevar mascarilla durante el recital.

Los Coros tuvieron que llevar mascarilla durante el recital. / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

Por eso el último latido de un hombre, al fin y al cabo, aunque fuese un genio, que nadie lo acompañó en su último viaje, es un símbolo de lo ocurrido a millares de seres, en España y en el mundo. El sentido estrictamente benéfico tenía la mirada puesta en las otras víctimas, con problemas para subsistir. El Banco de Alimentos y Cáritas eran destinatarios de la recaudación, con filas cero incluidas.

El inacabado Réquiem mozartiano lo escuchamos con devoción que superaba un frío análisis crítico, en una noche catedralicia repleta de sugerencias dramáticas, que nos ofreció Andrea Marcon –que ha perdido a su madre en Italia, sin poder despedirse de ella-, con calidad y perfecta idea interpretativa, en una unidad elocuente, en la que no es fácil pasar de cantos esencialmente fúnebres, a luces de esperanza, de iras divinas, a imploraciones de perdón, en un genial engavillado donde orquesta, coro y solistas se funden en una oración profunda.

La OCG, como otras veces que ha interpretado el Réquiem, ha buscado más la intimidad y la unción que la grandiosidad que sugiere algún movimiento. He mencionado los diálogos implorantes entre contralto y bajo o entre tenor y soprano, excelentes tanto Katharina Konradi, como Carlos Mena, Carlos Alvarez y Xabier Anduaga, voces notables que, desde el lugar lateral que ocupaba, perdía volúmenes para una más justa valoración. Y he detallado como se define la doble fuga del Introito, de inusitado dramatismo. Magistral la grandiosidad coral y orquestal del Dies Irae para un solo de trombón introducirnos en Tuba Mirum.

Andrea Marcon, director artístico de la OCG, hace de maestro durante el concierto. Andrea Marcon, director artístico de la OCG, hace de maestro durante el concierto.

Andrea Marcon, director artístico de la OCG, hace de maestro durante el concierto. / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

Una emotiva y densa 'Lacrimosa'

No faltó poderío en Rex tremendae, rubricando el violento grito inicial con la polifónica Salva me. Pero, sin duda, donde todos se acercaron a lo más íntimo del espíritu del Réquiem mozartiano, fue en la emotiva y densa Lacrimosa que, ante los aplausos al terminar el concierto, fue bisada por orquesta, coro y solistas, como un repetido recuerdo a los ausentes y a los ignorados, a los que emotivamente Marcon guardó un silencio prolongado al terminar el concierto, recordando a alguien cercano y a todos los desaparecidos.

Decía en el comentario previo que dejaría de lado la incómoda posición de crítico, para sentir la fuerza del mensaje. Pero el crítico tiene que reconocer el esfuerzo colectivo, aunque siempre haya inconvenientes, como la separación del coro –hombres en un extremo y mujeres al otro, en vez de unirse ante el altar mayor-, y seguir a los solistas en las alturas de los órganos barrocos, con la consiguiente pérdida de unidad, amén de manifestar mi admiración al coro –el de la orquesta y el joven- por cantar con tanta fluidez, pasión y sonoridad tras el telón asfixiante de las mascarillas. Enhorabuena a todos y el agradecimiento a Andrea Marcon por este excelente concierto y por los esfuerzos que ha hecho por mantener la solidez y el prestigio de la OCG, en momentos críticos, antes del fatídico coronavirus.

Un momento de la actuación de la OCG. Un momento de la actuación de la OCG.

Un momento de la actuación de la OCG. / Antonio L. Juárez / PhotographersSports

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