Festival Internacional de Música y Danza

La lluvia impidió completar el pretexto del Festival

  • El centenario de ‘El sombrero de tres picos’ era insuficiente razón para minimizar el ciclo sinfónico, con Eschenbach y Heras-Casado, aunque haya que destacar el regreso de la ópera con ‘Las bodas de Fígaro’ y el ciclo de danza con el Ballet Mariinsky

  • Un solitario Berlioz, un gran Monteverdi y una sensitiva Maria Joao Pires, junto con la apuesta flamenca y un FEX digno, definen la edición

Heras-Casado, anoche al frente de la MCO. Heras-Casado, anoche al frente de la MCO.

Heras-Casado, anoche al frente de la MCO. / Miguel Ángel Molina / Efe

He repetido que esa variada edición del 68 Festival Internacional de Música y Danza de Granada no pasará a la historia por los momentos memorables que la han definido y recordado, no, como es natural, para las nuevas generaciones –sobre todo los públicos que se acercan ávidos de conocer fórmulas diversas de la música y que desconocen o carecen de referencias de las grandes figuras del pasado-, pero sí esenciales para los que han seguido de cerca el proyecto de mayor proyección cultural de la ciudad. Ciertamente hay buscar públicos nuevos, pero hay que hacerlo partiendo de la excepcionalidad y de los pilares básicos de un certamen: los ciclos sinfónicos –y sinfónicos-corales-, en primer lugar, con las mejores orquestas y directores del momento, los de danza, con la misma selectividad, los solistas más reputados, jóvenes o maduros, en el piano, el violín, el canto, etc., junto a una programación renovada, en la que no deben faltar estrenos de obras encargadas, de los que están repletos la historia del Festival, no sólo con los más importantes compositores españoles y hasta granadinos –caso concreto del magistral Requiem de García Román, el inolvidable Paraíso cerrado, de Juan Alfonso García, el universal Guerrero- y extranjeros, como este año ha ocurrido con el concierto para violín y orquesta Alhambra, de uno de los compositores y directores de orquestas más importantes de Europa como es Peter Eötvös que cerró la accidentada noche de interrupciones por la lluvia, la 68 edición del Festival que comento en otro lugar del periódico.

Ciertamente hay buscar públicos nuevos, pero hay que hacerlo partiendo de la excepcionalidad y de los pilares básicos de un certamen: los ciclos sinfónicos

Naturalmente no habrá que olvidarse de la ópera, en sus diversos formatos, pese a la carencia de un recinto específico, pero que la imaginación y el talento han hecho posible adaptarla a los espacios monumentales, lo que en algunos casos, le han dado hasta un toque nuevo de originalidad. Este año ha sido todo un acontecimiento la representación, semiescenificada, de Las bodas de Fígaro, bajo la dirección musical de René Jacobs y los apuntes escénicos de Frederic Amat. Lógicamente, en un Festival como el de Granada, dónde se celebró el Concurso de Cante Jondo de 1922 debe estar presente el flamenco, en todas sus variedades y renovaciones de voces, danza, guitarras, fusiones., etc. que la edición de este año ha vitalizado con variedad y calidad.

Ballet Mariinsky. Ballet Mariinsky.

Ballet Mariinsky. / Álex Cámara

En realidad no todos los cimientos del Festival se han reforzado en esta edición. El principal, el gran capítulo sinfónico –al sinfónico-coral parecen tenerle miedo como se ha demostrado en el 150 aniversario de la muerte de Berlioz, donde tan oportuno hubiese sido su Requiem o La condenación de Fausto- ha sido el gran perjudicado, con sólo dos conciertos que responden a la categoría del gran sinfonismo, esta vez con la magnífica Orquesta de París, bajo la dirección de un maestro excepcional como es Christopher Eschenbach que no sólo fue titánico con la Primera sinfonía, de Mahler, sino que acompañó magistralmente la voz dramática, sobrecogedora, de Stéphanie d’Oustrac, en una emocionante interpretación de la cantata La muerte de Cleopatra, de Hector Berlioz que quedará en lo mejor de la historia del Festival. También la hizo brillar Heras-Casado, en la primera actuación, con la Sinfonía Fantástica y algo menos con la compañía, demasiado teatral, del barítono Thomas Hampson en una selección de los lieder sobre La corneta milagrosa del chiquillo, de Mahler. En cualquier caso, la acogida a ambos conciertos, revelaron por qué el público espera de su grandiosidad y variedad los momentos más robustos del Festival. Es innecesario recordar tantos nombres de grandes orquestas y primerísimos directores que, con programas variados y comprometidos, han pasado por el Palacio de Carlos V. La aportación de la Orquesta Ciudad de Granada –tantas veces presente en el certamen- abriendo el Festival fue importante, subrayando su mejor perfil clásico que es otra cosa, no menor, sin duda, del gran sinfonismo mencionado. Pero quizá no era el momento adecuado para iniciar el Festival.

Presencia de Falla

Falla, como tantas veces he dicho, ha de estar presente en el certamen, no sólo en los centenarios de sus obras. He recordado la decena de Sombreros escenificados –sus suites orquestales han sonado con constancia desde los comienzos- que han desfilado por el Festival, desde el genial de Antonio, en su aflamencado estilo, en 1958, a diversas coreografías, de compañías españolas e incluso extranjeras, sobre la original de Massine, repuesta este año por la excelente Compañía Nacional de Danza. Bello espectáculo sino hubiese adolecido de no cumplir con las líneas básicas de su estreno hace cien años en el teatro Alhambra, de Londres, donde, nada más y nada menos que Ernest Ansermet, dirigió la orquesta. Aunque en otras versiones hemos escuchado orquesta y la voz de soprano en directo, como elemento esencial del espectáculo, hoy, prácticamente lo impide la incapacidad de arquitectos y promotores del horrible escenario que no previeron que un foso debe permitir instalar a la orquesta y que el director pueda ver a los bailarines. No sé si Heras-Casado se hubiese atrevido a dirigir a la OCG, en esas condiciones. Pero el caso es que la música enlatada no encajaba de ninguna forma en el homenaje a un centenario que debería recordar, con la mayor exactitud posible, lo producido en Londres. Parece que los ‘duendes’ –es decir la meteorología- no han estado dispuestos para que escuchásemos la música del ‘Tricornio’, como lo llaman en programas extranjeros, en vivo en su totalidad, como pretendía, en el programa de clausura, Heras-Casado, con la Mahler Chamber Orchesta y la voz de Carmen Romero, con apuntes escénicos de Frederic Amat. Lamentable que la lluvia impidiese gozar de la interpretación, en un esperado broche de oro, pero, en cualquier caso, no se debe amparar una edición del Festival en el centenario de una obra, de Falla o de quién sea, para minimizar otros aspectos importantes.

Representación de 'El sombrero de tres picos' de la CND en el Generalife. Representación de 'El sombrero de tres picos' de la CND en el Generalife.

Representación de 'El sombrero de tres picos' de la CND en el Generalife. / Álex Cámara

Hay que aplaudir, aparte de la recuperación de la ópera y la atención al capítulo de danza, con la compañía de Martha Graham –recordando, por cierto, el estreno en España de su versión de La consagracón de la primavera de Stravinsky, la calidad del Ballet Mariinsky y de la Compañía Nacional de Danza, con sus visiones variadas de la danza, clásica y contemporánea, y el Ballet du Capitole de Toulouse, con una nueva discreta versión de Giselle, tantas veces vistas en el Generalife, donde muchos recuerdan la actuación estelar de Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev.

Monteverdi ha sido otro de los aciertos, con magistrales lecciones de Harry Chistophers, con The sixten choir and orchestra en Vespro della Beata Vergine, y los ofrecidos en las sesiones matinales, en la que ha preominado la música antigua y el barroco. En los recitales, personalmente me quedo con el María Joao Pires, al que algunos críticos consideran en los umbrales del retiro, pero que los que somos algo conocedores del piano nos sigue atrayendo su interiorista visiones de las partituras, incluidas las de dos sonatas de Beethoven, la Patética y la última que escribió para ese monumental ciclo. Por cierto, el año que viene se cumple el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. ¿Cómo lo celebrará el Festival?

El FEX, en la plaza de las Pasiegas. El FEX, en la plaza de las Pasiegas.

El FEX, en la plaza de las Pasiegas. / Álex Cámara

En el apartado de aciertos hay que mencionar a un FEX con ribetes de indudable calidad, aunque su idea principal ha sido el acercamiento a todos los públicos, tarea cumplida desde que se puso en marcha. Así como la vitalización de los Cursos Manuel de Falla.

Ha sido, en resumen, una edición caracterizada por la variedad, que a veces se ha impuesto sobre lo verdaderamente importante y lo que queda en la memoria: la excepcionalidad.

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