Un retrato de la ganadora del 17 Premio Lorca

Yolanda Pantin, de la mano de la poesía

  • La voz de la autora venezolana ha ido creciendo y afirmándose en una tradición poderosa, llena de figuras insignes en cuya compañía su obra no desmerece lo más mínimo

Yolanda Pantin, en una imagen de archivo Yolanda Pantin, en una imagen de archivo

Yolanda Pantin, en una imagen de archivo / C. C.

Yolanda Pantin es, sin duda, una de las mejores poetas de la literatura hispanoamericana actual. Tras casi una quincena de libros publicados desde 1981 y su Casa o lobo, su voz ha ido creciendo y afirmándose en una tradición poderosa, llena de figuras insignes en cuya compañía su obra no desmerece lo más mínimo. Valor que ha sabido apreciar con justicia el jurado el Premio Federico García Lorca-Ciudad de Granada en su 17 edición. Conocí la poesía de Pantin a comienzos de los años 90, cuando preparaba una antología de la entonces joven poesía hispanoamericana. Gracias a amigos comunes venezolanos pude manejar la mayoría de sus libros publicados hasta ese momento y he de decir que su poesía me fascinó desde una primera lectura.

Uno de sus poemas más conocidos, quizá el que la convirtió en santo y seña de la poesía venezolana de los años 80, incluido en su segundo libro Correo del corazón (1985) y repetido, una y otra vez en antologías, Vitral de mujer sola, habla todavía hoy de una voz poderosa, ambiciosa, de un talento atormentado por la necesidad de escribir y por el dolor que causan las palabras: "Se sabe de una mujer que está sola/ porque camina como una mujer que está sola/ Se sabe que no espera a nadie/ porque camina como una mujer que no espera a nadie…".

Sí, Vallejo. Vallejo le enseñó a Yolanda Pantin a comprender que las palabras tienen algo que responder, aunque el poeta no le pregunte nada a las palabras, que la poesía es fundamentalmente un tour de force con el lenguaje, pero también con los sentimientos. Desde ese instante, la poesía para Pantin se convirtió en una "enemiga íntima", algo de lo que no puede prescindir porque aunque dolorosamente, le descubre constantemente aspectos de su intimidad que no conocía: "El escritor sufre considerablemente/ ¿qué significa esta sed partida?".

Y desde ahí, tejer con palabras, como una Penélope sin espera, un manto que dibujara la imagen misma de la propia identidad. Una construcción con palabras, un camino de reflexión y de "descreimiento" respecto a los valores y a las costumbres oficiales ("Escribir sobre el amor/ los ojos calmos de Verona/ -poesía eres tú- / recordar/ -sobretodo- / que aquello que se ama/ no existe").

No es de extrañar que ese aprendizaje desembocara en Luis Cernuda. No sólo por su mirada introspectiva o su fraseo característico, sino como ella misma ha escrito porque Cernuda enseña que para escribir hace falta mucho valor, que si queremos recorrer bien el camino no hay marcha atrás: "No es un goce ir a una fiesta/ no disfruto con el baile/ Es muy triste ya lo sé es una pena/ el cuarto los recuerdos…".

Esa actitud autoreflexiva, sobre la creación poética y sobre la propia identidad, conduce inexorablemente a la preocupación por la condición femenina. La propia poeta se ha quejado alguna vez de que la acusaran de volcarse demasiado en sí misma, y se ha defendido afirmando que hablar mucho de sí es también hablar mucho de las demás. En ese discurso de lo femenino y sus condiciones, y sus contradicciones, se ha sentido muy cerca de Blanca Valera por su parquedad, su contención y su conciencia escindida: "Este es el poema de las dos cabezas".

Del mismo modo, la conciencia lúcida y dolorosa de Yolanda Pantin no podía permanecer ajena a los acontecimientos recientes de un país en crisis, su país. Así se titula precisamente uno de sus últimos libros, libro extenso, narrativo, con alguna pretensión histórica, reflexivo sobre todo, en el que la poeta intenta "entender" a través de la madurez de su palabra, a través de una serie de recursos domeñados ya por el oficio de tantos años, desde la neovanguardia al coloquialismo de lo sentido y lo vivido.

De la mano de la poesía, aprendiendo de ella, con la conciencia clara de que no existe lo único ni lo íntegro, Yolanda Pantin nos cuenta: "Quedaron las arengas/ con su poderío./ Nunca se cerraron las heridas./ Que cada quién dé su testimonio./ Yo doy el mío".

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