El duende del Realejo

Aborto y Estado de progreso

El aborto humano provocado no deja de ser una brutal aberración y una acción llena de crueldad

Me enviaba un amigo una fotografía, con un mensaje que indicaba que destruir un huevo de águila podía suponer, en el caso de que 'te pillasen', una fuerte sanción administrativa, es decir, una multa de 'muchicientos' euros. Al otro lado de la misma fotografía se podía observar un feto vivo de ser humano, con muy pocas semanas de existencia y en el vientre de su madre, es decir, un huevo de persona madurando en su interior -como el del águila- y en vías de desarrollo hasta poder salir fuera del cascarón materno. Se indicaba que su eliminación no suponía ningún tipo de sanción.

He vuelto a meditar sobre este asunto del aborto humano provocado. Y lo cierto es que, al cabo, vengo a confirmar mi convicción de que un aborto humano, provocado, consciente y voluntariamente por otro u otros seres humanos, se vistiera como se quisiese vestir, no dejaría de ser una brutal aberración, una acción llena de crueldad y por ello degradante para quien la permite, la provoca o la ejecuta. Sobre todo si pensamos en la absoluta indefensión en que se halla esa criatura, respecto de la que debiéramos tener, siempre en mi opinión, la fuerza ética y también moral para protegerla en el exterior y desde el exterior de cualesquiera peligros y especialmente de la muerte.

Sé que hay casos que claman al cielo, como se dice cuando alguna enorme maldad reclama la justicia suprema. Casos de inmensa injusticia y hasta ocasionados por acciones atroces que nada tienen que ver con el sentimiento del amor y que pueden ser fruto -casi siempre lo son- de casos de sexo forzado por parte de despreciables y abyectos seres con inaudita crueldad, contra alguna, también, indefensa criatura cuyo único 'pecado' no es sino ser de sexo femenino y encontrarse en la peor situación con el monstruo. Es innegable -y algunos médicos y muchos jueces saben de estos casos- que el daño que se infringe a esas mujeres -a veces niñas- asaltadas en lo más íntimo de su ser, puede ser de tales dimensiones, físicas y síquicas y hasta espirituales, para los que somos creyentes, que superan con mucho lo descomunal.

Pero, para esos casos, en esos casos, habría que disponer de los más efectivos resortes del Estado, pero no para cazar al o a los culpables, que sí, ni siquiera para castigarlos, que también, sino, muy especialmente, para ayudar, acompañar, curar, restablecer y auxiliar, hasta el extremo más inaudito, a esas víctimas a salir de esas horrorosas y tremendas situaciones y garantizar la vida, siempre la vida. Y la que está aún escondida, asomando a las puertas de la infancia, especialmente. Para matar siempre hay tiempo y el Estado, un Estado de verdadero progreso y seguridad, no debe de ser, nunca, nunca, el homicida. ¿O no?

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