El duende del Realejo

El Albaicín y la Alhambra

Si se manifiesta la clara y decidida intención de un cierto maridaje y mecenazgo bien comenzaría Rocío Díaz

Me comentaba, hace lustros, una ejemplar archivera de la Real Chancillería; exagerando, claro está; que casi la mitad del depósito de pleitos, desde que se funda ese antiguo tribunal de justicia, hasta tiempos bien recientes, estaban ocupados de gruesos legajos, concernientes a litigios entre los gobernadores de la Alhambra y los Corregidores de Granada que habían venido viendo transcurrir los siglos pleiteando por los asuntos más peregrinos, como cuestiones de carácter protocolario, hasta esos otros más substanciosos por tratar de la administración y cobros de cábalas, aranceles e impuestos.

Lo que se me venía a decir es que la Alhambra y el Ayuntamiento granadino se habían pasado gran cantidad de sus respectivos siglos de existencia contemporánea discutiendo por unos u otros asuntos, sin que casi hubiera habido forma de establecer una conciliación, que les concediese una paz jurídica duradera.

Antaño, dentro de la misma Alhambra y para contentar a unos y otros señores de la nobleza granadina -y no granadina- se habían ido creando las diversas alcaidías, tantas como torres, patios y baluartes tenía el recinto nazarí que, luego, quedaron sin tener nada tangible que administrar y sí sólo transformadas en título de honor y de prestigio que, en muchos casos, se heredaba de padres a hijos. Eso sí, todos los Alcaides de la Alhambra llevaban como uniforme común vara de bellotillas y casaca de paño azul y formaban inútil pero pretenciosa corporación. En resumen: don sin din.

En los años noventa del pasado siglo fue cuando se produjo, por parte de la Unesco, la declaración de la Alhambra y del Albaicín como bienes Patrimonio de la Humanidad. De modo y manera que las dos caras de un mismo cristal vinieron a unir -y a separar- un pretendido futuro común de ambos conjuntos, el histórico monumental de la última ciudadela palaciega del mundo y enfrente aquel otro preñado de urbana belleza, no exento, también, de monumentalidad e historia, como es el del barrio del Albaicín, anclado en la creciente ruina y a la espera de ayuda de la Alhambra. ¡Pero ca! Nunca se puso en marcha esa especial colaboración, salvo en puntuales casos: la denominada Dobla de Oro y porque se cobra substanciosa entrada. Así la protección de la Alhambra y su Patronato, sobre ese barrio, cada día en mayor decadencia, ha tenido que aguardar al cambio político en su dirección; que ahora ocupa la popular Rocío Díaz; para que se manifieste una clara y decidida intención de un cierto maridaje y mecenazgo. Si se hace verdad, bien comienza la nueva Alcaidesa. ¿O no?

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