El duende del Realejo

Ayer próceres, hoy chorizos

Sólo importaba el dedo sublime del magnate de siempre de la Junta, señalandoa esos otros que constituían su coro

Llegaron a generar una enorme y servil cohorte de aduladores rastreros, cobistas de propina ajena, soperos de baba imbécil. Eran, sí, presumidos lameculos. Aparecían como un montoncillo de necios avispados, con muy varia estatura, pero bajitos todos de virtud y de moral, proclives a la práctica grosera de la vacua adulación y a reptar, con discreta algarabía, dos pasos por detrás, siempre, del nuevo señorito que, sin fincas aún, sin caballos y sin poderío de cuna, boda o ciencia, iba recibiendo coba y lustre de la Junta del Pesoe y de esa cohorte plebeya y baja dedicada, mientras cobraban -muchos años- al bisbiseo de frases para ir sobando, con suave y erótico cosquilleo, las orejas del magnate, con el dulce sonido gratuito de la inmerecida lisonja, habilidad muy propia de esos particulares secretarios, antecamaristas, síndicos inocuos desocupados e inútiles, salvo en el oficio de recoveros en las granjas de los censos de votantes, expertos en la compra o cambalache para señalar preferencias en elección de concejales, diputados, alcaldes, senadores u otras parecidas zorras puestas a guardar gallinas y lograr esa suma de sufragios -y dineros- que casi les llegó a eternizar en estas geografías, colocando a unos en el siempre corto jornal y eternizándolos, forzosamente, entre el hambre, el fardo aceitunero y la espiocha en el invernadero. Y a otros en el humillante paro agrario, que no es modo de captar, pero sí de cautivar el voto.

Así fue en las levas adscritas al trabajo de las tierras, en muchísimos pueblos de este sur, en los que nada llegó a significar la palabra libertad. Sólo importaba el dedo sublime del magnate de siempre de la Junta, señalando, displicente y en pose de romántico desmayo, a esos otros que constituían su coro, corro y acompañamiento más cercano: auténticos canónigos civiles, con espacios, sobre los tapizados de rojos damascos del poder, en los que reposar sus innobles culos y bajo penachos y doseles que les concedían, como vamos viendo, la altura y distinción que la naturaleza les negó en moral y limpia inteligencia.

Luego vinieron las gentes de toga: molestos fiscales, en fin y alguna abyecta jueza a la que los suyos procuraron alejar. Instruyeron sumarios inauditos, largos juicios luego de ausente honor y desvergüenza. Y antiguos presidentes y exministros y consejeros y otrora cargos dadivosos de coca, copa y algo más: sí, putas, con dineros que nunca fueron suyos, quedaron, como ratas, apresados bajo el peso de la losa y el baldón de la sentencia. De aquellos tan acompañados próceres magnates, hoy solitarios chorizos de cartílago y pitraco. ¡Ábalos!, eran del Pesoe. Entérate, hombre! ¿O no?

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