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Norte y Sur

Otro virus, el del egoísmo nacionalista, igualmente letal, estaba ahí latente, dispuesto a saltar

A ciertos políticos europeos no les parece suficiente que sus países sean ricos. Además, quieren sentirse moralmente justificados de su buena fortuna. Se miran a sí mismos complacidos, satisfechos, diciendo que merecen lo que tienen. Pero aún necesitan algo más para estar contentos: señalar a los que no cumplen con las obligaciones que ellos han creado. Necesitan predicarles que son pobres porque lo merecen y sus problemas son consecuencia de su desidia y pereza. Culpables de sus desgracias, deben, pues, aceptarlas y, por tanto, encerrarse, dentro de sus fronteras, sin molestar. Gracias a este planteamiento tan ingenuo y antiguo como el mundo mismo (hay numerosas escenas en la Biblia que lo ilustran), los afortunados pueden vivir pletóricos y sin gota alguna de mala conciencia. Sin embargo -hay que recordarlo-, en el origen de esta creencia está lo peor de nuestra civilización: por los prejuicios simplistas que ha impuesto, con un maniqueo reparto de buenos y malos, blancos y negros. Por fortuna, una parte de nuestra cultura ha puesto todo su empeño, durante siglos, en desmentir tal convicción y se han publicado libros y difundido ideas y propuestas, incluso se han hecho revoluciones para acabar con esa interesada terquedad ideológica. Y a estas alturas de los tiempos se pensaba que tales consideraciones se habían diluido, sobre todo, en la Unión Europea, tras el indecoroso asedio sufrido por Grecia en 2008. Pero no, no ha habido escarmiento. Otro virus, el de egoísmo nacionalista, igualmente letal, como probaron las pasadas guerras europeas, estaba ahí latente, dispuesto a saltar. Esta vez, embutido entre las palabras de un ministro de economía de un país de la llamada Europa del Norte. De nuevo con el recurso cansino a la geografía, productiva en norte, indolente en el sur, como justificación inapelable de las desigualdades. Desalienta que en las altas instancias europeas todavía ocurran cosas así. Porque muestran -aunque luego se hagan retorcidas rectificaciones-, que la apuesta primordial desde hace tantos años, la idea y la cultura de una Europa solidaria, entretejida, compensadora, apenas ha calado en los rincones del verdadero poder político. Y continúan mandando los hombres del norte, vestidos siempre de negro -como los pintaba con tanto acierto Remblandt-, para los cuales el proyecto de Europa se confunde siempre con un cómodo mercado y una gratificante cuenta de resultados. Mientras tanto se desgarra la Europa que, desde su modesta casita de Amsterdam, presintió Spinoza, uno de nuestros más sabios filósofos y uno de los primeros europeístas.

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