Paripé hasta el día 23

Podemos está convencido de que Pedro Sánchez ya decidió repetir las elecciones generales. Yo también, y desde mucho antes. El Partido Popular activa su maquinaria para afrontarlas. La decisión de Sánchez de no reunirse con los demás partidos hasta bien entrado septiembre ha acabado de convencerles. A cuento de qué darse prisa después de cuatro meses del 28-A durante los que se negoció apenas una semana... con un socio proclamado preferente pero de cuya lealtad se dudaba (con fundamento). La desconfianza era mutua, además. De manera que el Gobierno de coalición había fallecido antes de nacer. Y así sigue.

La verdad es que Pedro Sánchez nunca quiso gobernar con Unidas Podemos, sino que Unidas Podemos entregara sus votos para investirle presidente a cambio de un papel con compromisos de cumplimiento flexible e interpretable. Por eso se fue inventando excusas sucesivas para sabotear la coalición. Pero tuvo un fallo de cálculo estrepitoso cuando creyó que su veto personal a Pablo Iglesias dinamitaría las negociaciones y le haría a éste responsable de la ruptura. Para la ambición de Pablo lo importante no era ser él vicepresidente, sino llevar a Podemos al poder. Su liderazgo, tan cuestionado, dependía enteramente de eso. De hecho, la maniobra fallida de Sánchez lo ha fortalecido en su organización y mareas adyacentes.

De modo que todo lo que siguió a la investidura frustrada y que se retomará ahora, tras el asueto en Doñana, no es más que un paripé. Un simulacro de negociación orientado exclusivamente a eso tan tópico de ganar el relato: nosotros no queremos otras elecciones, es que nos obligan todos los demás a convocarlas al no reconocer lo que han expresado los ciudadanos en las urnas (repitamos una vez más: menos del 30% de los votantes dijeron eso). Si el 10 de noviembre hay que pedir a los españoles que voten, por cuarta vez en menos de cuatro años, será porque Podemos no respalda a Pedro Sánchez, porque los separatistas no le ayudan y porque PP y Ciudadanos no se abstienen, como deberían, por responsabilidad y sentido de Estado. Todos son culpables. Todos menos él.

Con ese relato parcial y unidimensional de lo sucedido en este tiempo se construirá, se está construyendo ya, el mensaje electoral del PSOE para el 10 de noviembre. Así se exonera el presidente en funciones de su incapacidad para concitar mayorías estables en el Congreso más allá de la moción de censura, se endosa a los otros toda la culpa de la inevitable devolución al pueblo de la patata caliente de la gobernabilidad de España y se apela directamente al voto útil, en la doble esperanza de que sea Unidas Podemos quien pague la factura más elevada por el desacuerdo dentro de la izquierda y de que los electores socialistas de abril se abstengan menos que los electores de todos los demás partidos. Es una doble esperanza quizás excesivamente optimista.

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