Mirada alrededor

Putin, ebrio de sangre

Los crímenes de guerra del ruso crecerán porque es su bebida preferida, no el vodka

La actualidad es la tiranía del columnista que, tal vez, preferiría contar anécdotas, evitando que analfabetos a sueldo de los distintos poderes señalados en los comentarios de diversos autores que firman sus opiniones críticas, utilicen cobardemente el anonimato y algunos medios les dejen insultar o descalificar, sin argumentar el tema, por lo que los profesionales los consideramos simples ladridos de perros callejeros. Sin embargo, la actualidad es sagrada para un periodista que no puede mirar para otro lado. Ocurre con los capítulos de la siniestra invasión que el zar Putin I, ‘el exterminador’ está desarrollando en Ucrania. El columnista no es un corresponsal de guerra –los que nos cuentan, en imágenes y palabras in situ, los terroríficos episodios- y hasta le parece impúdico tratar de un drama visto con lejanía de los que lo sufren en sus propias carnes y en la de sus hijos, familiares y amigos, cuatro millones de los cuales han tenido que huir de esta barbarie para permanecer vivos. Pero, sea, al menos, como modesta denuncia de los crímenes de guerra de un ruso que crecerán porque la sangre es su bebida preferida, no el vodka. En estos días se han recibido horripilantes imágenes de Bucha, donde las hordas de Putin, además de destruir la localidad, como han hecho con tantas otras -Maiúpol, Irpin, etc.-, han asesinado, según esas imágenes y testimonios, a civiles, tras maniatarlos y torturarlos, lo que se suma a tantos otros miles de ucranianos muertos en los bombardeos –niños, mujeres y ancianos incluidos-, tiroteados cuando pretendían huir, en la infinidad de escenas monstruosas de un tirano que está superándose a sí mismo –recordemos Chechenia o Alepo, entre otras- o incluso rememorando los crímenes de guerra de los nazis, por lo que, los no suicidados cobardemente, como Hitler, tuvieron que sufrir el histórico Juicio de Nüremberg.

Será difícil ver a Putin, sus asesores y sus generales sentados ante un tribunal internacional, porque sus propios ciudadanos no van a entregarlos, sino, en buena parte, glorificarlos como símbolo de la ‘gran Rusia’ deseada al precio que sea. Tampoco nadie tiene poder para a reclamarle la reparación de los daños materiales causados en esta destrucción de un pueblo, siguiendo lo que han llamado la ´Zachistka’, es decir la guerra como destrucción total de territorios y personas, cosa que hace a conciencia su ejército y las tareas más sucias e inhumanas, el batallón Wagner, cuyo comandante es amigo personal del zar Putin, aunque en las guerras haya barbaries compartidas.

No pensaba que en pleno siglo XXI pudiese escribir de otra tragedia producida en suelo europeo, causada por esta invasión, donde, por si fuera poco, ni siquiera la continuidad de la Humanidad está garantizada, cuando botones de destrucción colectiva está en manos de estos locos, ebrios de sangre

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