El río de la vida
Andrés Cárdenas
Puto paraguas
Los nuevos documentos del caso Epstein vuelven recordarnos algo que ya sospechábamos: la inclinación hacia lo hortera de nuestra clase dirigente internacional, una vez entregada al refocile o al estupro. Películas como las de Kubrik (Eyes wide shut), y el refinado malditismo/satanismo del arte del XVIII y el XIX, nos habían hecho pensar que existe una oscura plutocracia, sedienta de placeres, cuya elevada educación había adornado el mal con el fasto y la prodigalidad de un Borgia. A la vista de las fotografías, sin embargo, las parrandas de la élite mundial organizadas por el difunto señor Epstein no eran de superior elegancia a aquellos desmadres, hijos de la lubricidad y el tedio, que protagonizó en nuestro cine el malogrado Fernando Esteso.
Presumiblemente, esta atribución de una refinada y exquisita maldad a una aristocracia invisible es heredera de las grandes conspiraciones que se fabularon en la Europa posterior a Napoleón: primero los jesuitas, luego los Protocolos de los Sabios del Sión, y así hasta la conspiración judeomasónica que visitó las pesadillas de la España franquista. Sin embargo, viendo el despacho del señor Epstein, en alegre componenda con el señor Bannon (un despacho de aire provenzal, digno del abuelo de Heidi), uno comprende que aquella estética del mal, que tanto éxito tuvo a finales del XIX, no guarda relación alguna con la realidad, pero sí con la literatura y el arte fantásticos. En tanto que real, cualquier crimen –véase la sofisticada brutalidad que aún se le adjudica al Destripador–, carece necesariamente de la fascinación y el vértigo de una película de Tarantino. Con esto, lógicamente, no estamos recomendando que la plutocracia mundial más lúbrica y desinhibida que aparece en los Epstein files practique sus aquelarres con mayor delicadeza. De hecho, estamos señalando lo contrario: la conjetura de una maldad exquisita, la fabulación de un hecho inexistente.
Las juergas de Epstein delatan una grosería connatural al ser humano. También, probablemente, la desmesura del dinero joven. A este respecto, decía Cunqueiro que “el hombre ha puesto más imaginación en la cocina que en el amor o que en la guerra”. Lo cual, llevado al terreno gráfico de los Esptein files, nos permite concluir que al señor Epstein no le interesaba particularmente la cocina.
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