Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Los mayores

Ves a Jordi Hurtado y te preguntas si la eternidad ha sido sustituida por una píldora del rejuvenecimiento

Con la exaltación hasta el hartazgo de la exultante juventud, la vejez y su decrépito apagamiento van camino de convertir a los mayores en objeto de fobia social cuando no de marginales muebles a esconder de las visitas.

Lejos quedan ya los tiempos en que la senectud era sinónimo de buen consejo y sabia escucha macerada con décadas de experiencia para convertirlas en lecciones aprendidas. Más lejos aún quedó esa reverencia que existió por los ancianos de la tribu que ya solo vemos en las pelis de indios o de tribus ancestrales en las que, inevitablemente, los viejos convivían con toda la familia hasta su final apagamiento.

Entre esta tiranía de la piel tersa y el muslo vigoréxico hay una rebeldía contra la muerte que se demuestra en el ocultamiento del paso del tiempo por nuestro cuerpo. Más aún en la negación de que se nos cae el pelo, los dientes, los pechos y de que nos oxidamos de manera inexorable porque, afortunadamente, tenemos fecha de caducidad siempre desconocida pero cierta.

Los modelos sociales lo refuerzan. Ves, por ejemplo, a la cantante eterna Cher -esa que descumple años en cada aniversario- o al presentador enigma Jordi Hurtado y te preguntas si la eternidad ha sido sustituida por una misteriosa píldora del rejuvenecimiento. Pero es fácil salir del engaño si te ves tú en el espejo y te confirmas en la idea de que los filtros de las cámaras son realmente el elixir de la juventud que tanto ansían esos seres más allá de la decadencia.

Para curarse de espanto de esta fobia a la decadencia que preludia a la muerte, nada mejor que acercarse a esas residencias donde aparcaron a los abuelos. Con el virus se volvieron casi ratoneras hacia la morgue. Hay pesadillas más llevaderas que lo que allí se ha vivido. Y lo peor no ha sido encerrarlos en su angustia desolada, no, lo peor fue que se sintieron sobreros de un mundo que corre tanto como olvida.

Cada vez me gustan más los abuelos, sus olvidos y su repetirse en las historias. He desacralizado la estulticia de la aspiración a ser viejoven perenne. Porque es bueno dar paso a los años y recoger mansamente el oro de su estela y agradecer que se cumplen y que aún nos quedan y que aquellos que nos precedieron aún están ahí para señalarnos que lo que nos aguarda quizás sea esa luz que brilla en los ojos de algún anciano que nos mira compasivo mientras recuerda.

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