El duende del Realejo

Del silencio al libro

El papel aguanta todo lo que en él se escribe, desde alabanzas místicas al Creador hasta infernales blasfemias

Las voces, las palabras, que designan o nombran las cosas, vinieron en lo antiguo para que se las llevase el viento. Nada sabemos, pues, de cómo, en la prehistoria, nombraban las cosas, los gestos o las acciones. Algunos dicen que las primeras palabras hubieron de ser onomatopeyas, es decir, esas voces que, de algún modo, imitan los sonidos que producen las cosas que designan. Sin embargo, héteme que la mayoría de las cosas, bien lo sabemos, sólo producen silencio: las flores, el odio, el amor, también y la tierra, pero no así el agua que corre o el viento que sopla o los paisajes, en los que el aire se enreda, indolente o furioso, entre las arboledas. Y no digamos los animales. O para qué hablar del ruido que nosotros mismos producidos a poco que hagamos cualquier cosa…

Alguien se inventó, hubo de inventarse las palabras, al mismo tiempo y en diversos sitios. Para poder decir, en idiomas diferentes, sentimientos, sueños y poder, así, amarrar bien los mitos con los que hemos tratado y seguimos tratando de explicarnos todo aquello, antiguo y trascendente que no sabemos de cierto y cuya existencia nos supera siempre en el tiempo y también en el espacio.

Pero las palabras, como antes los gritos, se las llevaba el viento, eran arrastradas y despeñadas sierras abajo. Y por los valles amables hasta que se diluían de nuevo en el silencio. Por eso, alguien, también, inventó cómo fijarlas, escribirlas, en frágiles tablillas de arcilla, primero, incluso en duras piedras, después. Y para poder llevarla de unos lados a otros, para poder transportar los sueños y las historias, los relatos de vida o de ensoñación, fueron menester las tintas y el papiro y el pergamino, después. Y muy luego, dicen, trajeron de oriente lejano, viajeros de leyenda, eso que hoy llamamos papel.

El papel, sí, el papel, que aguanta todo lo que en él se escribe, desde alabanzas místicas al Creador hasta infernales blasfemias, desde el amor en poemas deliciosos, hasta la misma declaración de guerra, miedo, hambre y muerte. Todo y nada, la verdad y la mentira más cruel y descarnada puede contenerla el papel. Y en mucho tiempo, años, lustros, siglos. Gozoso, así, el libro nace, conteniendo entre sus páginas relatos infinitos de emoción que aguardan con paciencia ilimitada, en los apretados anaqueles de todas las bibliotecas al lector curioso, ansioso, incluso, siempre de saber y conocimiento.

Mil Quijotes, ávidos de libros, universo de historias o aventuras de risa y miedo y guerra y vida, en fin, que nunca serán bastantes para leer todo lo que somos capaces de soñar, crear, relatar. Siempre los libros, esos omnipresentes y sabios amigos, nos podrán de largo superar en el ya eterno duelo por el silencio. ¿O no?.

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