Tomás Serrano García

La Universidad de Granada y el despotismo “intelectual”

Por qué la Universidad está desafiando los límites de la razón y de la coherencia

Fachada del Hospital Real, sede del Rectorado de la UGR. Fachada del Hospital Real, sede del Rectorado de la UGR.

Fachada del Hospital Real, sede del Rectorado de la UGR. / R. G.

La Universidad está poniendo en cuestión su papel dentro de la sociedad y, por tanto, la reputación y validez de todos sus integrantes como individuos en el contexto histórico más crítico y determinante de lo que llevamos de siglo y parte del anterior.

Dos semanas. Eso fue lo que duraron las clases presenciales en la Universidad de Granada al inicio de curso. De forma rápida, la comunidad universitaria –y, por extensión, la juventud– fue usada como chivo expiatorio por el conjunto de las instituciones y medios como culpables del auge de la segunda ola. Se hablaba de fiestas en pisos o expediciones de Erasmus a la costa, pero nunca de la saturación del transporte público, de los vuelos que los estudiantes debieron comprar con prisa por la falta de previsión o de la imposibilidad de contener el virus en pisos compartidos. 

Acatamos. Nos quedamos en casa un cuatrimestre al completo sin clases presenciales a diferencia del resto de estudiantes de otras universidades de Andalucía o el resto del país. Estoy seguro de que cualquier integrante de la comunidad universitaria sacrificaría la presencialidad para posibilitar la apertura de un bar familiar, porque, a diferencia de la actividad intelectual, es indispensable la presencialidad para este tipo de consumo.

Desde el inicio de la pandemia, el grueso de la sociedad ha realizado un pacto por el cual acordamos cesar toda actividad que pusiera en riesgo la vida de los afectados por el virus y con las desescaladas comenzamos a tener en cuenta que la sobrevivencia económica de las personas era algo a salvaguardar. La decisión de la Universidad de Granada de continuar con los exámenes presenciales durante la pandemia atenta, de manera violenta, contra este espíritu.

Si las clases presenciales se han mantenido en el resto de centros, entonces el problema con la Universidad es otro. El transporte, las aglomeraciones, compartir piso... ¿Por qué se decide continuar con la presencialidad en los exámenes en una de las universidades del país con más estudiantes de otras localidades? Los propietarios de pisos de la ciudad deben estar encantados, pero no tanto las familias que están pagando habitaciones vacías y que cada vez tienen mayor sensación de que se ríe de ellos.

Alcanzar la razón sin coherencia es imposible. Ahora hemos reanudado las clases online y confirmado los exámenes presenciales, en un lunes en el que en Andalucía vuelve a los terribles datos de noviembre. La tercera ola es real y es tan peligrosa como las anteriores, con el riesgo de que la variante británica del virus haga colapsar más rápidamente los hospitales. Da la sensación de que el objetivo es realizar a toda costa los exámenes de forma presencial y, después –si te has contagiado no me acuerdo– volver a la modalidad online.  

Mi generación quedará marcada de por vida: la generación de los irresponsables, de los indecentes. Cabe cuestionarse si la Universidad conservará su estatus como institución intelectual y social. Personalmente, lo dudo mucho.

La sobrevaloración de la evaluación, la excusa del miedo a que los alumnos se copien, es el síntoma de que la propia universidad infantiliza a sus alumnos a la misma vez que los sitúa como responsables en el caso de causar la muerte a los familiares con lo que conviven. Porque no olvidemos que también existe el estudiante granadino que vive con sus padres y sus abuelos.

Por otra parte, los exámenes que se pueden copiar son los faltos de reflexión, los que consisten en la memorización y vómito de información. Al menos, estas disruptivas pandémicas deberían servir para la reflexión sosegada sobre el modelo educativo actual.

Los universitarios, desde luego, no olvidaremos cómo la Universidad ha roto con la coherencia y, por tanto, con la razón. Ignorar la opinión de tu comunidad e imponer la razón sin coherencia es, en esencia, despotismo.

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