Imelda Marcos, poder en la sombra | Estreno en Movistar+ La gran madrastra filipina

Imelda Marcos, en una imagen del documental. Imelda Marcos, en una imagen del documental.

Imelda Marcos, en una imagen del documental.

Recordada sobre todo por la anécdota de su inmensa colección de zapatos descubierta después de salir huyendo del palacio presidencial de Malacañán tras la sublevación popular de 1986, Imelda Marcos se nos revela en este documental como una maquiavélica y poderosa mujer detrás de su marido, el presidente y dictador filipino Ferdinand Marcos, pero también de su hijo Bongbong, nuevo aspirante al liderazgo de un país empobrecido, expoliado y amnésico desde que la familia llegara al poder en 1965.

En algunos momentos impagables de este retrato, podemos a ver a la glamurosa, ostentosa y emperifollada señora Marcos en su lujoso apartamento rodeada de Picassos y Miguelángeles, repartiendo billetitos a los niños pobres en las calles tras la ventana de su coche de lujo, rodeada de un séquito esclavizado que le retoca el pelo o el maquillaje para las cámaras o recoge los cristales y pedazos de lo que ha tirado con descuido. Ella misma se autoproclama la madre de todos los filipinos, embajadora mundial de los días de esplendor del país y la mujer que sedujo a todos los mandatarios internacionales de la época de la Guerra Fría.

Se diría que estamos ante una de esas caricaturas chanantes de Joaquín Reyes, si no fuera porque la señora Marcos, a sus casi 90 años, ha sido y sigue siendo real, pieza activa, resbaladiza, intocable por la justicia y a la postre determinante en la actual configuración política de Filipinas, un país a la deriva en el que nuevo presidente, Rodrigo Duterte, también baila al son de su financiación (oculta) que tiene como objetivo último restituir y perpetuar en el poder el apellido familiar.

El documental de Lauren Greenfield (Generation wealth) puede verse así en esa doble vertiente del retrato de un personaje excéntrico, excesivo y autoparódico en su incontinencia reveladora, pero también como un ejercicio de denuncia explícita y directa que apunta a los abusos, la corrupción, el ejercicio sistemático de la violencia, la extorsión o el asesinato como formas para medrar en una población que no ha terminado nunca de estar a la altura de las circunstancias. Otra lección de historia más desde un rincón lejano del planeta que confirma que el populismo reaccionario, dinástico, cínico y mesiánico de las élites avanza imparable como un cocodrilo depredador bajo las aguas podridas de sistemas aparentemente democráticos.