Euros y horas de ilusión
Los dueños de las atracciones invierten mucho dinero y tiempo en un negocio itinerante y muy sacrificado. Todos coinciden en que el martes es "el día en el que empieza la feria".
CON el 'Día del niño', o de los dos euros, "empieza la feria". Ese es el sentir general de los propietarios de las atracciones de la 'calle del Infierno'; algunos de los cuales ni siquiera habían terminado de montar sus aparatos a primera hora de la mañana de ayer. Todos esperan cada año la llegada del martes. Directamente por el imán que suponen los precios populares, pero también de forma indirecta; pues el hecho de estrenar el albero supone para muchos granadinos un acicate para terminar de arrancarse.
Lo que pocos saben es lo que hay detrás de tanta diversión. Apenas unos segundos dura cada viaje en uno de estos columpios, pero horas, e incluso días, se tarda en montarlos. Y la burocracia para obtener los permisos tampoco es que se diga laxa. Manuel Coimbra tiene 17 años pero mucha más responsabilidad. Es de Lucena, "donde el 70% de la población son feriantes", y cada año sondea las distintas ferias para obtener el mejor usufructo de su Break Dance, una especia de olla mecánica con compartimentos que rotan sobre sí mismo. Rige los destinos de su atracción junto con su abuelo y cuenta que, cada año, "llamo al Ayuntamiento, pregunto si hay sitio y, en caso afirmativo, desembolsamos una cantidad en función de los metros que ocupamos"; que en esta ocasión cubren un presupuesto de en torno a 3.500 euros.
Cuenta este joven cordobés que un 'canguro' (o 'rana') nuevo puede ascender a 600.000 euros; cien millones de las antiguas pesetas. Como en todo, hay mercado de segunda mano, porque "si quiero vender mi aparato, a quién mejor que a otro feriante", explica. El complejo entramado administrativo para instalar una atracción en la feria abarca desde un boletín hasta un seguro de responsabilidad civil; pasando por la preceptiva inspección técnica anual, el certificado de montaje de un ingeniero y la respuesta del Ayuntamiento previo peritaje. Y luego unas cuantas horas o días ensamblando hierros, instalando cableado y revisando plataformas. "Esta atracción, tal y como está (prácticamente lista para funcionar), la desmonto en seis o siete horas", apostilla. Nada puede quedar al azar.
Pero no es el de Manuel el único ejemplo. Kuki Catena viene de una auténtica estirpe de feriantes. Sus dos abuelos lo eran. Es el propietario de Zig-Zag, otra de esas atracciones para todas las edades, pero también regenta un 'scalextric' infantil. Sus estimaciones sobre el coste de lo que puede alcanzar un columpio como el suyo ascienden hasta los 200.000 euros. "Tienes que presentar muchos papeles y si debes algo a Hacienda no te dan los permisos", asegura. En su caso todas las luces de su atracción son de led, lo que sorprendentemente permite que el leviatán se alimente de un fino cable que sale de uno de los postes de electrificación del recinto de Almanjáyar. Un cableado que, por lo general, hastía a los feriantes por su rudimentario funcionamiento y su instalación.
Alrededor de Kuki se van arremolinando más currantes de la itinerancia. Todos coinciden en que Bañuls, un empresario sevillano, es el que corta el bacalao en el sector. Sus atracciones se cuentan a pares. Entre ellas está la noria, "que este año no ha venido porque se ha quedado en la Feria de Córdoba". Quien habla es Francisco Puertas, motrileño, y encargado de la Nube, una especie de plataforma que sube y baja impulsada por el motor de un mástil gigante. Cuenta que tiene que presentar su propuesta al Consistorio de la capital -en otras ferias son las asociaciones de caseteros o de feriantes los encargados de conceder licencias- y repetir su ceremonia de montaje "entre veinte y treinta veces al año"; el número de fiestas grandes que visita más o menos durante los siete meses que se desempeña cada temporada.
Menos complejidad presenta Q-Zar, un globo hinchable en el que dentro dos equipos se baten en duelo con pistolas láser. El cordobés Jorge Medina es empleado de ella, aunque la regenta un empresario valenciano. La falta de hierros, tornillos y estructuras metálicas le facilita mucho más el trabajo y, sobre todo, pasar el corte del perito. Sin embargo tiene otras cortapisas. "El cableado no puede estar cerca de la gente que la usa y el globo debe estar sujeto", explica Medina; quien abunda asegurando que "tenemos la obligación de que las puertas sean herméticas para que el globo no se desinfle". Adquirir un artilugio de este tipo puede costar entre 12.000 y 18.000 euros, "aunque nada más que para venir tienes que desembolsar unos tres mil", ilustra. Su particularidad es que Q-Zar ya ha dado rendimientos este año: "Ayer (por el martes) éramos de los pocos que estábamos funcionando".
En una jornada como la de ayer, llena de ilusión y optimismo, sobre todo de los reyes de la casa, las atracciones estuvieron a rebosar. Llenas de júbilo pero, por encima de todo, de trabajo. Un trabajo siempre sacrificado pero pocas veces conocido y reconocido por la mayoría. Un minuto de diversión pueden significar horas de trabajo y muchos miles de euros de desembolso.
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