Festival de Música y Danza de Granada, análisis

Beethoven, la revolución emocional de la música

  • Además de sus sinfonías, el certamen resalta la creación pianística, con figuras de la talla de Zimerman, Barenboim y Levit, aunque en la memoria estarán  los Beethoven de Karajan, Kempff,  Richter, entre tantos momentos estelares

Beethoven, la revolución emocional de la música Beethoven, la revolución emocional de la música

Beethoven, la revolución emocional de la música

El mundo de la música celebra el 250 aniversario del nacimiento, el 16 de diciembre de 1770, en una mísera buhardilla de Bonn, de Ludwig van Beethoven, el genio musical más grande de todos los tiempos. Como no podía ser de otra manera el Festival de Granada, pese a la pandemia del coronavirus, y bajo la tortura de tener que escucharlo asfixiados con una mascarilla, en un sofocante mes de julio, ofrece destacadas pinceladas, con la integral de sus sinfonías,  con tres orquestas españolas de la solvencia de la Nacional, la de Galicia y de la Comunidad Valenciana, además de la omnipresencia de la Orquesta Ciudad de Granada –que hoy inaugura el ciclo con una participativa versión granadina de la Novena- y los cinco conciertos para piano y orquesta –con el pianista Grigory Zimerman, interpretando y dirigiendo a la OCG -; alguno de sus conciertos para violín, las inquietantes tres últimas sonatas para piano que culminan el monumento más variado, rico y perfecto en el género, con la presencia de uno de las jóvenes figuras  actuales, Igor Levit  y el concierto benéfico anunciado de Daniel Barenboim, recordando su triunfal actuación, hace 40 años, dedicada a Beethoven, incluyendo las Variaciones Diabelli que admiró al crítico y entusiasmó al público, como reflejé en el comentario.

A Antonio  Moral hay que agradecerle su esfuerzo por actualizar el programa y enriquecerlo con la aportación pianística, con figuras relevantes, entre ellas Sokolov, aunque no interprete a Beethoven, sin olvidar las versiones pianísticas que  realizó Liszt de las nueve sinfonías. Lástima que los cambios de fechas del certamen me impidan, por queridos encuentros familiares previamente programados, fuera de Granada, asistir a sus sesiones, salvo la primera jornada con el Réquiem de Mozart, en memoria de los fallecidos en esta letal pandemia.

Beethoven ha sido, como no podía ser de otra forma, el compositor más interpretado en el Festival, con las mejores orquestas del mundo –La Filarmónica de Berlín, con Karajan, por ejemplo, nos ofrecieron, en 1973, unas magistrales versiones de la Quinta y Sexta sinfonías-, los directores e intérpretes más importantes, internacionales y nacionales, desde Argenta o Frühbeck –sin olvidar a Gómez Martínez que se enfrentó en 1986 a las nueve sinfonías con la orquesta y coro de RTVE-, de Mehta a Barenboim, como pianista mencionado o director; de Maazel a Haitink, con la formidable Orquesta del Concertgebouw ; desde el piano inolvidable de Kempff o el de Sviatoslav Richter que, precisamente hace 50 años, inauguró el Festival interpretando una modélica versión del Concierto núm. 3 –en un programa junto a la Sexta, con la Nacional, dirigida por Frühbeck-, para en otro recital sorprendernos con otra magistral versión de las Variaciones sobre un vals de Diabelli , del compositor alemán, del que se ofrecieron numerosos cuartetos, además de varias sinfonías, y, sobre todo, una obra imprescindible en cualquier ciclo beethoveniano, además de la Sinfonía núm 9, como es la Missa Solemnis, ausente en este improvisado e innecesariamente sobrecargado Festival, teniendo en cuenta las circunstancias. Coros del prestigio del Orfeón Donostiarra o el Pamplonés rubricaron la parte coral y se unieron, además, junto con otras agrupaciones, en el estreno en España de la Octava Sinfonía (de los mil), de Mahler, programada inicialmente en esta edición, pero suprimida por pura higiene, porque hubiese sido suicida unir a tantos cantantes y músicos para festín del  insaciable virus, ante un indefenso público inocente, aunque fuese con mascarilla. Esperemos en próximas convocatorias volver a la normalidad,  no la ‘nueva’, sino la de la trascendencia internacional, de  las primeras figuras y conjuntos y de los programas más ambiciosos que justifican al Festival.

Volvamos, a lo que nos importa en este 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. El crítico tiene que recordar que su primera colaboración en un periódico –el 16 de diciembre de 1958, en Ideal- fue sobre el genio de Bonn, el compositor que nos ha marcado a críticos, músicos –pianista, en mi caso, cargado de diplomas para colgar en casa, pero no ejerciente, salvo en la intimidad, como decía un político que hablaba el catalán, porque la dedicación al periodismo era absorbente- o simples aficionados. Recordaba en aquella glosa su primaría inclinación por la música, sus estudios de órgano y composición, su nombramiento a los once años como músico de la Corte electoral, sus actuaciones como viola o contrabajo y sus interpretaciones de las nuevas sinfonías de Haydn, más tarde su profesor y amigo. Como profesor de música entra en hogares refinados que aman la música y comprenden al joven apasionado. En aquella época, cuando Werther se eleva con fuerza, Beethoven conoce a la bella Loeonora von Breuning que, más tarde, se casaría con su amigo Wegeler. Sus amores nunca fueron correspondidos, aunque le sirvieran de inspiración, como ocurriría con la condesa Julietta  Guicciardi, a la que dedicó la Sonata op. 27, núm. 2, ‘Claro de luna’.  En Viena, dónde llega por la influencia del joven conde Waldstein, conoce a Mozart, que advierte del potencial creativo de Beethoven, y tras su última visita a Bonn, donde no regresará jamás, vuelve a la capital austriaca, en la que recibe lecciones de Haydn y consolida su carrera musical, apoyado por el conde Lichnowsky, la baronesa de Ertman, von Zseskal…toda la alta escala social que acaba decepcionándolo, en su espíritu rebelde que acusa a Goethe de ser demasiado servil con el poder, pese a lo cual puso perfiles musicales a sus obra dramática Egmont, que exalta la desdicha del noble flamenco, ajusticiado por orden  del duque la Alba. Conocida es la anécdota  de la reverencia del poeta al paso de la emperatriz, mientras Beethoven se encasqueta el sombrero.

Natural evolución

Muchos analistas dividen la obra del músico por etapas, pero yo estoy con los que piensan en una evolución natural y constante en la que se suceden las innovaciones y renovaciones incuestionables en toda creación artística. Las diferencias entre la Heroica  -dedicada en principio a Napoleón, pero tachado cuando se proclamó emperador- y la Quinta, por ejemplo, siendo enormes, no olvidan ese sentimiento retador, y hasta la marcha fúnebre de la Tercera está presente en el ideario dramático de la obra beethoveniana. Mientras, en Viena le organizan conciertos triunfales y viaja a Praga y Berlín, antes de empezar con la enfermedad de su sordera.

Sus conceptos musicales están alejados de sus contemporáneos, el desaparecido Mozart y su maestro Haynd, cuyas conexiones sólo tienen base en condicionamientos técnicos pero no en el ideario. Su libertad es cada día más extrema, se rebela contra cánones que no les sirven para sus proyectos, sus maestros, amigos, nobles…hasta contra su propia muerte. “Ven muerte cuando quieras –dice su famoso temprano testamento, encontrado entre  sus papeles-, estoy preparado para recibirte”. Esa idea no concuerda demasiado con la jovialidad de la Segunda sinfonía, que es de este tiempo. Tal vez los que dividen la obra por etapas partan de esos momentos de insatisfacción por lo realizado .anteriormente.

De la época más decisiva para el músico datan  la Quinta sinfonía, que de ‘heroica’ tiene tanto como la Tercera,  la Pastoral, el Trío en sí mayor, op. 97, la Séptima y Octava sinfonías, la Missa Solemnis, sonatas –sobre todo las tres últimas, op. 109, 110 y 111, escritas entre 1820 y 1822, final del monumental ciclo, que abren en canal su interiorismo-, cuartetos y la enorme Novena sinfonía. Toda la música de esta etapa es un fiel reflejo de su lucha en un mundo que sólo era para él respetable por la defensa de la dignidad humana.

La guerra, los fracasos amorosos, su amistad con  Goethe son parte de una vida, de un hombre cuya fuerza, pasión y ardor le revelan más soberano e imponente que nunca. Así van transcurriendo sus últimos años: momentos de dolor, mezclados con otros de felicidad, la incomprensión, el rebelde sobrino y tantas otras cosas abruman sus últimos días, hasta que el 26 de marzo, de 1827, en presencia de sus amigos, que nunca lo abandonaron, Breuning y Schindler, eleva lentamente los ojos y –según nos cuenta Emil Ludwig, autor de una de las más literarias biografías- exclama con amarga ironía, estas palabras en latín: “Plaudite, amici, comoedia finita est”.

La revolución  emocional de la música

No cabe en esta glosa, propiciada por el recuerdo que le dedica el Festival de Granada a la efeméride, una aproximación analítica de su gigantesca obra. Pero sí subrayar que a su genio se debe la revolución emocional de la música, que serviría de modelo a todas las generaciones creadoras, desde el romanticismo hasta nuestros días. Jamás los sonidos habían sabido trasladar sentimientos, emociones internas, drama, y hasta naturaleza con la fuerza y novedad que nos regaló Beethoven. Y, además, algo fundamental en la música que, para quien esto escribe, o es emoción o simplemente sonidos o ruidos, ordenados técnicamente. Un mensaje personal e intransferible, un Beethoven para cada uno y para todos los seres que a lo largo del tiempo han experimentado y experimentarán las emociones y los sentimientos que sólo un genio puede hacerlas personales y propias.

Quizá subrayar la opinión personal de un apasionado de la obra del ciudadano de Bonn: su absoluta franqueza y su portentosa imaginación. Esa inspiración cautivadora nos arrastra en tantos momentos irrepetibles. Ahí están, entre tantos y admirables ejemplos, el tiempo lento de su Concierto núm. 4 para piano y orquesta, con su bellísima y sublime melodía; o la grandeza de la Quinta y la belleza de la Sexta, la Tercera, la Novena, la más repetida en el Festival, en diversas versiones orquestales, los mejores grupos corales, los más afamados directores. Como ha ocurrido cada vez que hemos escuchado la Séptima sinfonía  -apoteosis de la danza la llamó Wagner-, la Octava y, sobre todo, la Novena en las que  el sinfonismo de Beethoven es como una luz cegadora, que nos hace cerrar los ojos para sentir su calor interno. Es tan irreal como un sueño, reflejo de una lucha titánica humana en busca de la libertad y la alegría de sentirse unidos y abrazados. Son los ideales que comparte el músico de igualdad, libertad y fraternidad. Todos los instrumentos se unen en una gran melodía que rompe la voz poderosa de un hombre con sus primeros gritos, en la Oda de Schiller: ‘O Freude…¡ ¡Felicidad! ¡Fraternidad porque todos somos hermanos! Voces e instrumentos nos arrastran en un torbellino sonoro del Finale que, sea genial o simplemente discreta su versión, nos emocionará en cada momento que la escuchamos, porque siempre nos parecerá nuevo su genial mensaje a una Humanidad abrazada en la alegría y  la libertad.

No es la portentosa técnica y novedades que aporta Beethoven en todo lo que hace lo importante, con serlo. No pensó en ello, sólo en utilizar la ordenación de los sonidos para traducir sus estados de ánimo y su personalidad, su carácter, su alma. Desde cualquier sonata –e insisto en la intimidad y búsqueda de un mundo nuevo a su monumental ciclo en sus tres últimas- a un concierto, a un cuarteto o a una misa, hay factores humanos que nos los transmite con asombrosa fidelidad. No hay únicos intérpretes, como me decía Wilhelm Kempff,  a las tres de la  tarde de un caluroso julio de 1959, tras finalizar el ensayo del Cuarto Concierto para piano y orquesta, en Carlos V, que no era él, como yo le decía entonces, el mejor intérprete de su tiempo de Beethoven, “El mejor intérprete es su obra”. Supongo es lo mismo que me dirían, si les preguntara, hoy, a los grandes pianistas que dan prestigio a esta edición como Zimerman, Barenboim e Igor Levit –incluso Sokolov-, aunque todos insistan en su derecho de ofrecer sus versiones individuales. Lamento, en fin,  perderme –por vez primera en mí extensa etapa de crítico-  esta larga y abigarrada edición, con Beethoven como protagonista, pero con mascarilla asfixiante, en esos tórridos julios granadinos que se ha elegido para esta convocatoria musical del coronavirus. Sí recordaré los momentos inolvidables vividos en el Festival de todos los Beethoven presentes en su larga y selecta historia. Esperemos que el próximo año, el del 70 aniversario, se vuelva a la normalidad, alejada de la ridícula concepción de ‘nueva’, acuñada por Sánchez.

 

 

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