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En los palacios de la Alhambra

  • Miguel Ángel Cáliz cuenta la historia de Wallada, una mujer que nació en Aviñón y que terminó siendo la favorita de Mohammad VII en el Reino Nazarí de Granada

Wallada, la protagonista de esta novela, es una mujer nacida cerca de Aviñón, huérfana de padre a tierna edad, cuya madre decidió darles a ella y a sus hermanas una educación sólida y, en general, inaccesible para su sexo en la Europa del siglo XV. La madre se casa en segundas nupcias con un noble genovés dedicado al comercio y la familia deja la mansedumbre de la Provenza por el bullebulle de Génova. Su vida da un vuelco cuando, contando dieciséis años, el padrastro decide utilizarla como fianza (en fin, como mercancía) en una importante transacción con el Reino Nazarí de Granada. El destino querrá abandonarla a su suerte en tierras de al-Ándalus, pero Wallada -que recibirá este nombre en homenaje a una poetisa cordobesa de tres siglos atrás- es una luchadora nata. Aprenderá a servirse de su inteligencia, y de su cuerpo cuando convenga, y llegará a ser la favorita del sultán Mohammad VII y fijar su residencia en los palacios de la Alhambra. No hablamos de una arribista. A Wallada no la guía la ambición; la mueve el instinto de supervivencia.

Miguel Ángel Cáliz dibuja de manera convincente un personaje singular que vendría a simbolizar el cambio histórico en marcha. Wallada es una excepción a las reglas de la época por ser instruida e independiente (Es, pues, una mujer del futuro que debe vérselas con una mentalidad del pasado), pero es además "excepcional" por ser extranjera de tez clara y cabello rubio en tierras de bronces y aceituna, y de estirpe cristiana en los reinos de la media luna -una mácula subsanada con una oportuna conversión-, y rebelde y orgullosa en tiempos de mujeres sumisas. Su ascensión desde la covacha donde transcurre los primeros meses en tierras granadinas hasta su cuarto en la Torre de la Dama Blanca tiene algo de inexorable. En esta torre, en tanto vela el lecho de enfermo de Mohammad VII, pone negro sobre blanco la historia de su vida. Una historia azarosa que, si la ha hecho subir a lo más alto, también la ha puesto al borde del precipicio. Si el sultán muere, se quedará sin el único valedor que tiene en palacio...

De la mano de Wallada nos internamos en un momento histórico que ha acabado convirtiéndose en una veta narrativa de primer orden. La Granada mora -en concreto, la del instante poético del estertor nazarí- es un manantial en el que numerosos narradores han llenado sus pellejos para luego dar de beber al sediento. Pero los torrentes que nutren Horas para Wallada se enriquecen con otras fuentes no menos poderosas. A esta novela la riega la lluvia benéfica del humanismo y nutre sus acequias el ancho y revuelto caudal del Renacimiento, un capítulo decisivo en la Historia de Occidente, en el que abundan tanto las luces como las sombras, y una corriente de pensamiento plagada de meandros umbríos. Miguel Ángel Cáliz -que no abandona el extremo visible del iceberg renacentista- rinde un bonito tributo a las letras italianas al colocar cada una de las partes del libro bajo la advocación de una de las Tres Coronas: Dante, Petrarca y Boccaccio.

De Horas para Wallada, una digna primera novela, destacaría dos aspectos: el cálculo y el esfuerzo. Cáliz procura que cuanto mete en sus páginas tenga una función narrativa, una utilidad dramática: la novela no es un almacén donde hacinamos lo que nos viene en gana. Asimismo, trabaja la página para obtener un texto lo más pulcro posible; al escritor le toca allanar el camino que debe recorrer al lector, no al contrario. Hay asimismo alguna fuga lírica que hace más agradecida la lectura; en cierto momento, la protagonista confiesa: "Siempre me gustó observar los rostros dormidos. Es como si una vez cerrados los ojos se abriese el alma de la persona"; un detalle que indica la presencia de un narrador vigilante.

Miguel Ángel Cáliz, Editorial Paréntesis. Sevilla, 2009.

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