Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Justicias VIP

Lo de Iñaki y la infantita ha sido la gran oportunidad perdida de ejemplarizar en ellos la vuelta a cierta normalidad

Inocentes de nosotros que creímos en el principio de que "todos somos iguales ante la ley" como pilar de la realidad en la que nos movemos. A muchos se nos resquebrajó la fe en lo que damos por cierto o falso al ver la foto del ex duque con la sonrisilla asomando por un lado. No sólo te aprieta esa sonrisa en el estómago hasta casi el vómito. Además, te deja con el desangelado estado de una falta de fe en lo poquito que te quedaba de fe en un sistema, el de esta democracia parlamentario-burguesa que es el que nos ha tocado vivir y que tanto nos costó ganar (hijos ingratos tipo podemos aparte, claro).

No sólo la justicia ha salido dañada con este resultado cizañero. La institución monárquica, torpedeada ya desde dentro por la incontinencia amorosa de un ex monarca del que no paran de salir trapos sucios desde lo de 'la Corina' y el elefante, quiso hacer cortafuegos con los temas candentes del rey y sobre todo con este asunto ingobernable del yerno torpe metido a negociante sin saber más que de balonmano. El incendio se llevó por delante un reinado y abrió la veda.

Pocos temas ponen tan de acuerdo a todos como el del choriceo y la necesidad de su escarmiento ejemplar. Y la han dejado pasar. Hay instituciones que no caen por fuerza externa alguna sino que se hunden ellas solitas. La familia real gozaba del beneficio de un pacto tácito en el que se acordó, implícitamente, no hablar de la monarquía si no era para bien. Y mientras que no dieron motivo ineludible, esto se mantuvo. Una autocensura pro democracia seria, que es lo que alcanzamos. Pero ese pacto lo rompieron los mismos privilegiados con su codicia ya conocida, y la que se sabrá tras esta soez carrera hacia la vulgaridad emprendida por una institución anacrónica, desigual y excepcional pero útil hasta para los menos rancios.

Lo de Iñaki y la infantita que no se entera ha sido el gran fiasco, la gran oportunidad perdida de ejemplarizar en ellos la vuelta a cierta normalidad. Había que sacrificar al alfil para salvar al rey. Había que ofrecérselo a las masas para aplacarla como aviso a navegantes. Porque estas sentencias, evidentemente, son jurídico-políticas, al menos en la forma de aplicarlas. Para la aristocracia las cosas se tratan distinto. Si es que tenemos complejo de plebe. Y así nos va.

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