El río de la vida

Piojos y periodismo

A veces es más conveniente cambiar una vida de fracasos por un éxito inesperado

Hace unos días llevé a mis nietos a una especie de centro en el que te hacen un tratamiento para eliminar los piojos. Al darle al taxista el nombre de la calle donde se ubica el establecimiento, mi nieto Jaime, el pequeño, aclaró: "Es que vamos a que nos quiten los piojos". El taxista, que debía frisar los sesenta, se echó a reír por la espontaneidad del niño y enseguida nos pusimos a hablar de lo mal visto que estaba en nuestra infancia el asunto de esos insectos que, de alguna forma, anunciaban la miseria y la pobreza en aquella sociedad de la postguerra. En mi libro Noviembre, dichoso mes empiezo diciendo que mi madre me contaba fantásticas historias mientras me despiojaba. Para que me estuviera quieto y poder espulgar a gusto, me contaba cuentos que me dejaban extasiado y si moverme. Ella me decía que los piojos saltaban de una cabeza a otra con una facilidad endiablada y yo me los imaginaba como Tarzán cuando iba saltando por los árboles de liana en liana. El taxista me contó que en su época a todos los niños de su pueblo que tenían piojos los pelaban al cero. Era la norma. Además del famoso zeta zeta, que tenía un olor tan impúdico que ibas anunciando por todos sitios que tenías esos molestos insectos en la pelambrera. Por cierto, durante la conversación me rasqué la cabeza cuatro o cinco veces, con ese acto reflejo y empático que surge de mis neuronas siempre que hablo de estos insectos. Al llegar al destino el taxista y yo dimos por terminada nuestra nostálgica charla sobre nuestra infancia. Pero es que en el local me esperaba una sorpresa. Una de las chicas que lo regenta y que me atendió fue una antigua colega que había trabajado en televisión y en algún que otro periódico digital. Se llama Susana y mientras procedía al tratamiento de mis nietos, nos pusimos hablar y recordar viejos tiempos. De cuando perseguíamos noticias y nos creíamos que debíamos ofrecerles la verdad a nuestros lectores. Coincidimos en que a veces es conveniente cambiar una vida de fracasos por un éxito inesperado y al final le pregunté por qué había cambiado de profesión. Adiviné una sonrisa ancha en su rostro (pues iba con mascarilla) cuando me dijo: "Es que en estos tiempos matar piojos es más rentable que ejercer el Periodismo". Y a mí me dieron ganas de rascarme la cabeza y de echarme a llorar.

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