Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Regreso a la Alpujarra

Aquella tierra mítica, la Suiza Andaluza, sigue sesteando y despidiendo a los pocos que se quedaron

Entre charlas y curvas retomábamos el camino hacia las alturas. Una tenue bruma envolvía los campos a punto de primavera. Las risas y los recuerdos se sucedían en ese intercambio de sonrisas con el que nos reencontramos todos ahora, después de un año de vida virtual que no era vida. Y así llegamos en grupo de amigos hasta Soportújar, atraídos por el reclamo de las brujas. Sólo había que seguir a la hilera de coches que allí se dirigía para la foto en la cara de la bruja, delante de la cueva de la bruja, en el mirador de la bruja, en lo que comenzaba más a parecerse a un decorado de Disney pero con la Contraviesa de fondo. Extraño se nos hacía, pero festivo, pero tal vez necesario para conseguir que se reinvente la comarca, aunque los peros abundan.

Hay modelos turísticos y modelos marabunta. En Soportújar han elegido el segundo. Cierto que la inventiva siempre es bienvenida, más aún donde no queda ya casi nada y ya casi nadie se queda. Los campos se vuelven baldíos por la escasez de agua o por la nula rentabilidad de mantenerlos en activo. Los hijos huyen del aburrimiento inmenso de pueblos sin vida donde, al menos, se ve que van abriendo consultorios y alguna tienda para turistas. Hace falta modelo que haga arraigar lo que solo es avalancha de fin de semana, riqueza estable y con futuro más allá del consumo intenso de los bares repletos los festivos.

Algo es algo. Pero escaso y puntual. Aquella tierra mítica, la Suiza Andaluza, sigue sesteando y despidiendo a los pocos que se quedaron. Despoblamiento y reclamo bucólico para urbanitas hastiados de encierro. Hasta los hippies se hacen mayores y viven de las pensiones en las comunas. No hay modelo y se nota más allá de iniciativas puntuales y los nostálgicos de la Arcadia feliz que tiran la toalla entre las cuestas empinadas y las casas vacías tan monas y tan solas.

Sin embargo, estallaba la primavera y aprendí el nombre de algunas flores; me reencontré con ese alma íntima de la cara oculta de Sierra Nevada. Ni me importó la prisa osca de la señora de por ahí que no quería enseñar el museo ya casi con la tarde caída. Había paz de anochecida.

Y de vuelta ya, recargados de vida, mirábamos a la lejos el brillo renovado de la ciudad que parecía inmensa, nueva, amable y a la espera del nuevo aliento que ya se avecina.

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