La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Verano termal

Dijo Tolstoi aquello de "si quieres conocer el mundo conoce tu aldea" y, si te lo aplicas, es un no parar

A unos kilómetros tan solo de este horno de asfalto que es el verano granadino unas termas romanas del siglo I, recién remozada la zona y con el agua cálida y sanadora reconducida a unas piscinas que, en cascada, le permiten a uno sanarse el cuerpo y qué decir del alma sobre el césped/bajo la sombrilla. En la ignota Malahá y a precios que ya querrías tener en los spa más pijos. Al aire libre y contemplando el horizonte de olivos camino del Temple granadino. Lujos hay por así que te quitan las ganas de gastar tiempo y dinero en hacer kilómetros para que te saquen la pasta como el aborregado turista snob y clon de aquí o allá.

Te sientes allí tumbado, aspirando el leve olor de esa mezcla ferruginosa inconfundible de azufre y sulfurosa agua, como el romano aquel que sesteara en su triclinium contemplando a alguna vestal de túnica tan fresca como su sonrisa; confirmas que el buen vivir que ahora te venden en los anuncios de salud a precio de oro es algo tan antiguo y estudiado que te dan ganas de verte luego en casa, relajado el cuerpo por las aguas, una de Espartaco o de patricios conspirando contra los cónsules justo ahí, en los baños de la Malahá, en unas piscinas que son lugar de encuentro, intercambio y sociabilidad, costumbre urbana ya se vía gim o centros de salud integral a lo fashion.

En estos baños termales, antes abandonados y hoy restaurados con esmero desde el Ayuntamiento y gestionados por el consistorio por y para todos, te topas con que sí que hay lugares donde el patrimonio se reinterpreta/rescata con creatividad y visión de futuro, con sentido común y buscando el común beneficio. Lo disfrutas y te sumas a esa legión de sensatos que cuando ven piedras antiguas se ponen a pensar, desde las Gabias a Cenes, cómo hacer más atractivo y accesible aquello que ahora buscan los que nos visitan, ávidos viajeros locos por dar con lo que a nosotros nos sobra, es decir, solera e historia, algo que los italianos ya demostraron hace siglos que puede hasta ser motor del producto interior bruto (aquí, ya se sabe, nos quedamos sin producto pero sí con los brutos).

Dijo Tolstoi aquello de "si quieres conocer el mundo conoce tu aldea" y, si te lo aplicas, es un no parar. Porque la promesa de novedad está aquí al lado tan lejos y tan cerca, en la Malahá.

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