El río de la vida
Andrés Cárdenas
Un mendigo con baliza
Dijo don Manuel Azaña –aunque pudiera parecer que lo ha dicho Pedro Sánchez– que “lo que es cierto es que, de la política, lo que me interesa es mandar” y aunque aquel presidente de la II República Española era, innegablemente, un notable intelectual, como político ni fue limpio, ni fue eficiente como para concederle el aprecio y la admiración en el servicio público. Ya vimos cómo tan lamentablemente acabó sus días. Camino de similar destino lleva el actual (des)presidente del (des)Gobierno de nuestro, cada día, más maltrecho país, Pedro Sánchez, quien a fuer de ser émulo de Azaña en lo dicho y con el modo de conducirse en la cosa pública, bien que pudiera pasar por el más notable de sus incompetentes y hasta indeseables seguidores.
Cuando se deambula con el poder hacia ninguna parte, andando por los días de la historia como gallo descabezado, se acaba procurando –dícese gafe– una suerte de infortunio en el que se puede sumir a toda la nación y acaba en que nada funciona como debe, en el descrédito de la política y de los políticos -injustamente todos- que cunde entre la ciudadanía que acaba despreciando los resortes del poder que de nada sirve sino para lustrar, inútilmente, el ego enfermo de quien lo tiene y lo usa indignamente.
Que (des)gobierna sin norte, sin programa, sin presupuesto y de espaldas al Parlamento; que es donde únicamente está depositada la soberanía de la nación; puede dar o de hecho da con la disfunción generalizada de la administración pública que, inexorablemente, sigue rodando sus propios engranajes, para no servir de nada y para nada en el interés público
En la tarde del pasado domingo, cuando dos trenes entraron en colisión, al norte de Córdoba –en Adamuz– produciendo más de cuarenta muertos y multitud de heridos, no se produjo un “extraño accidente”, como ha afirmado –cínico y con insistencia– el inútil y procaz ministro Óscar Puente, sino que, tras repetidas denuncias sindicales, sobre la falta de mantenimiento de las infraestructuras y ante el aumento sensible en el uso de las vías por dos compañías más, además de Renfe, las mismas denuncias no atendidas por el ministerio socialista eran, tristemente, la crónica de una tragedia anunciada. A estas alturas, no hay que esperar ya muchas más averiguaciones. ¿O no?
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