OPINIÓN. CARRIL DE SERVICIO

Un día en la vida

Imagine la escena siguiente: la luz es la de un atardecer urbano en una ciudad semivacía, el perro dormita a los pies del sofá en el que un hombre: A) lee un libro que lo resarce de todo el mal que hay en el mundo; B) recuerda un amor de juventud; C) se distrae con la cartografía que el tiempo ha dibujado en el techo. (Elija una opción.) En la mesita de al lado hay un vaso con su bebida favorita. En el plato suena A Day in the Life.

¿Es una escena real? Podría, pero no. Es falsa. Es publicidad. Es un truco. ¿Qué vende este instante de confort? ¿La tienda donde comprar el sofá y la mesita? ¿El libro? ¿Un tranquilizante para mascotas nerviosas? ¿Coches silenciosos que hacen que la ciudad parezca desierta? ¿El atardecer en una urbanización costera en la que jamás se disfrutará de un atardecer a no ser que el veraneo se traslade a febrero? ¿La viagra que permita el regreso a aquellos días de recreo bañados en testosterona? ¿Una inmobiliaria que aún cree en la existencia de imbéciles dispuestos a cambiar de vivienda por unas manchas en la pared? ¿Un whisky de doce años sin alcohol? ¿El disco de los Beatles que no es original porque ninguna canción de ellos puede ser utilizada para un anuncio excepto si es una versión interpretada por otro? ¿O un analgésico contra las almorranas que hace posible esas horas de paz y tranquilidad? Cualquier cosa, hasta un detergente: qué limpias están las baldosas sobre las que el perro sueña con Cujo.

Vivimos dentro de un spot gigante –versión montaje del director–, inconscientes en el simulacro. La publicidad ha convertido el mundo en un enorme parque temático abierto de sol a sol, de manera que lo que hoy creemos verdadero en la vida real es un momento de lo falso. Un tipo recita fragmentos de En el camino a bordo de un cochazo que cruza paisajes de postal sin nubes de polvo en el aire ni charcos de aceite en el asfalto. No sé cómo van las ventas del automóvil ni me importa. Un librero que conozco me ha dicho que la gente pide ahora el libro de Jack Kerouac, escrito y publicado hace cincuenta años, mucho más que antes del anuncio. Ni el catecismo de los beatniks, aquellos trotamundos rebeldes tan ávidos de aventura como de alcohol, jazz y drogas, se ha salvado de la mercadotecnia. ¿Por qué iba a hacerlo? Todo sea por el negocio. Tal vez haya un pellizco para los herederos de Dean Moriarty.

El hombre del sofá da un largo trago al vaso. No es light. Algo es algo. El perro suelta un gruñido. Los Beatles cantan: “Y aunque las noticias eran bastante tristes, bueno, yo me tuve que reír”. Es un día en la vida.

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