La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Callar al mensajero

El caso es callar a aquel que disiente o matiza o revela lo que nos incomoda o contraviene, pero resulta llamativo que no haya partido que en este país que no controle y luego distorsione a su conveniencia los medios de propaganda de sus virtudes, es decir, la televisión y radio nacionales. Parece un vicio del que ninguno se escapa, no digamos ya los que se presentan como los presuntos libertadores, que esos, al estilo de Venezuela o de las repúblicas bananeras, son los peores.

Lo dijo Rosa María Mateo, rostro y voz de la Transición entera, a todos y bien a la cara: nos tienen muy cansados ustedes los políticos. Así, con hartazgo y al límite de las fuerzas, con tono de agotado hastío, ese que todo informador acaba teniendo frente a los intentos de manejo, manipulación o, directamente, censura, del que cree que le pertenece la verdad que debes decir. La idea de que 'el que paga, manda' parece que se instala en el que ocupa el poder frente a lo que se debe decir desde el momento mismo en que ocupa el sillón directivo. Sucede a nivel nacional, autonómico, local y de barrio. La diferencia entre información y propaganda, la noción de independencia informativa, de amor por la verdad, de necesidad social de tener una prensa realimente libre que a todos nos cuente aquello que siempre alguien quiere ocultar si va contra sus intereses particulares o mezquinos es algo instalado en la psique profunda del poderoso y resulta harto difícil mover un peón en el juego de las libertades para vencerlo.

Cuando los conservadores están en la Moncloa son los medios progres tipo La Sexta los anatematizados; y piensas: vaya con la libertad de prensa bajo el gobierno de los rancios. Deseas que vengan los otros, los que siempre dicen que van a renovarlo todo y hacerlo todo más guay y más social y más de todos y para todos, pero a nada de ver cómo actúan casi que te arrepientes, con esa pasión progre que tan bien conocemos los andaluces que sufrimos la homertá impuesta por la Junta reinante en todo lo que se refiere a contar sus vergüenzas. Si no fuera porque visten ligeramente distinto, se diría que son los mismos, con la diferencia de que les molestan los diarios tipo ABC o las cadenas tipo Antena Tres y de esa cuerda.

Rosa María Mateo ha sido la última de los muchos profesionales de esto de contar verdades que ha mostrado este cansancio eterno que todo ha sufrido y vivido en muchos momentos de su carrera, ese que aqueja a todo mensajero que sabe que, si no trae buenas noticias, lo más seguro es que le corte la cabeza el reyezuelo de turno por el simple delito de transmitir lo que le molesta. Solo por eso. Por contar que el rey está desnudo, como en aquel cuento en el que solo un niño, desde la atalaya de su inocencia, alcanzó a mencionar esa realidad tan evidente y real que ningún adulto osaba mencionar, preocupado por su conveniencia.

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