La ciudad invisible

César Requeséns

crequesens@gmail.com

Ecologistas sabios

Nada como irse a recoger la aceituna para madurar tanta verborrea sobre el cambio climático

Los urbanitas tendríamos que mirar a la gente de pueblo desde abajo y con una reverencia previa cada vez que se nos llene la boca con esto de la ecología, saber ancestral que nos arraiga en lo natural, en la que no somos más que unos recién llegados, unos parvenu/esnobs que nos apuntamos a lo que ellos llevan viviendo desde sus antepasados. Con humildad avanzas más rápido si te reconoces así de inculto.

Es lo que pienso cada vez que me acerco a algún pueblo de esos que aún viven inmersos en la naturaleza de su entorno. Me refiero a los que aún cultivan la tierra y hasta viven de ella, que la cosa, a base de ayudas europeas para dejar las tierras yermas, está dejando los campos y sus aliados naturales, los campesinos, como diletantes pendientes solo del ingreso del PER en el banco.

En estos pueblos, en sus plazas silenciosas o en sus bares donde aún te miran todos como el forastero que eres, cuando entras a pedirte algo y descubres que todo esto que tenemos por progreso es allí un eco lejano al que hacen caso para no perder el hilo en las conversaciones con los hijos que, ellos sí, se fueron hace lustros a hacinarse en pisos micro y a sentirse realizados en cada monumental atasco.

Cuando veo en IFEMA, nada menos, a todos los ecologistas estos de salón y postureo, gente de cuentas bancarias ahítas de consumismo eco, pontificando sobre las maldades de todos menos ellos, o a una joven con cara de niña a lo Juana de Arco que lo mira todo como si todo le fuera hostil y extraño, pues recuerdo a esos señores de los bancos de todas las plazas de los pueblos que observan el mundo en su verdadero ritmo natural y pausado de la naturaleza de la que nos arrancamos y que bien que se parten de risa entre ellos cada vez que ven a esas piarillas de modernos llegar tan prepotentes y místicos, con sus ropas de cáñamo y sus alergias múltiples a todo lo que no sea el tofu, a evangelizarles sobre aquello que tan lejos les pilla, es decir, la naturaleza y sobre todo la azada y el capazo.

Nada como irse a recoger la aceituna o recolectar ocho horas doblando el espinazo para madurar tanta verborrea sobre el cambio climático tan necesario como politizado. Porque lo progre era otra cosa, y no esta afectación que en nada puede devenir otra de tantas aves de paso.

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