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La Platería, el flamenco y setenta años más

Hasta aquel año de 1922 el flamenco no había estado proscrito del mundo del arte y la cultura

No hace mucho, mi amigo, maestro y padrino, el periodista y cineasta Juan José Porto me obsequió con un ejemplar editado de la interesantísima obra de su tío, el médico, flamencólogo, tenor y guitarrista granadino Rafael Jofré, en torno a la chumbera -supliendo poéticamente al árbol- de la genealogía del cante hondo. Por entregas, hacía ya un puñado de decenios que Porto lo había editado, en parte, en las cabeceras granadinas de El Lunes Deportivo o el diario Mediodía Express. En esta ocasión última la edición es completa, pues reproduce la totalidad de los textos manuscritos y dibujos del que fuera co-organizador del Concurso de 1922.

Este documento, único en su género por aunar su pedagógica redacción, el valor notable de su contenido y ser precursor por el tiempo en que fue redactado -dentro de los años veinte- me ha vuelto estos días a la memoria dadas dos efemérides: el septuagésimo aniversario de la fundación de la Peña Flamenca de La Platería; que preside, con mucho acierto y eficacia, mi querido profesor Juan de Dios Vico Robles; en este mismo 2019 y el Centenario del célebre concurso de Cante Jondo, en aquella Granada y su Centro Artístico, antorcha cultural de la España en aquellos años, de la mano del propio Manuel de Falla junto a una pléyade rebosante de destacados intelectuales de todas ciencias, letras y artes.

Hasta aquel año de 1922 el flamenco no había estado proscrito del mundo del arte y la cultura. Solamente y en su devenir natural, había permanecido semioculto en ambientes nocturnos, ni siquiera marginales, pero sí reservados al imperio masculino, únicos que disfrutaban los cafés cantantes, las bodegas y las tabernas. Y en esta Granada, profundamente flamenca, en la penumbra de las cuevas sacromontanas, entre olor a hollines de fogata y a vino y aguardientes, donde danzaba la Zambra entre las tripas de las cuerdas de guitarra, junto al duende más flamenco que, de la mano genial de Federico, cautivó al mismísimo Manuel de Falla.

Si en el I Concurso de Cante Jondo de Granada el flamenco se consagraba, en la voz del jerezano Diego Bermúdez 'El Tenazas' o en la del que luego fuera el gran Manolo Caracol, después corrió el genio y duende desde escenario y jardines de la granadinísima Peña Flamenca de La Platería, donde se canta a los siglos de belleza de la Alhambra, viniendo a custodiar las esencias y a divulgar, durante casi tres cuartos de siglo, el estilo, la gracia y la memoria de lo flamenco, en esta Granada, que es capital imprescindible de esas geniales geografías de voces, de ritmos y de guitarras. ¿O no?

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