Ojo de pez

Los Sentidos

Toda una experiencia sensorial de sabores tradicionales y nuevos, concluyen como el poema perfecto

La casa es acogedora. Limpia, impoluta. El saloncito muy agradable. Dos grandes cristaleras dejan que el sol llene de luz la estancia y sobre los muros, acuarelas, óleos, dibujos dan forma a paisajes rurales. Pequeños detalles construyen un ambiente amable, un rincón con lámpara, un patio con macetas, antiguos azulejos, mamperlanes de madera… Detalles que calman la agitación de la calle, que obligan, sin ser consciente, a colgar en el zaguán la prisa, el desasosiego del día, el tumulto de la vida, el ruido que nos altera y nos hace torpes. En el interior, el silencio. No hay estruendo de platos, ni gritos de comandas, ni voces graves que reclamen, ni ensordecedores estrépitos de cafetera, tan sólo un silencio de murmullos que desbravece y predispone el ánimo.

Tampoco hay olores. Ahí reside la gran magia. Nadie diría que atraviesa la puerta de un restaurante. El olor llega, cuando debe, cuando el plato se hace presente en la mesa. Nada que pueda entorpecer el deleite propio. Y comienza el desfile de colores, texturas, sabores, la magia de convertir en arte lo sencillo. Elementos cotidianos que se rompen y se reconstruyen para adquirir una nueva estructura, otra apariencia, otra hechura, igual que el poeta reconstruye la palabra cotidiana, el pintor reinventa los colores, el escultor tergiversa las formas hasta conseguir que despierten los sentidos, la respuesta de los órganos sensoriales ante la recepción de un estímulo, ese mecanismo fisiológico de la sensación tan estudiada por la neurología, la neurociencia, la psicología cognitiva, la filosofía de la percepción y que, en un instante, consigue, paradójicamente de un modo discreto, Juan Pablo Gámez Fernández, el anfitrión de esta casa que recibe. Toda una experiencia sensorial de sabores tradicionales y nuevos, concluyen como el poema perfecto, el cuadro impecable, la figura admirable, emocionando los sentidos. El "más difícil todavía" de un mundo en el que la capacidad de asombro y sorpresa parece haber desaparecido, es que te asombren y te sorprendan, que el deleite de sabores arranque y dibuje en el rostro una sonrisa y que hoy, cinco días más tarde de la visita a la ciudad de Linares, en una calle sin alharacas y cuyo nombre evoca al género negro, Doctor 13, el recuerdo del restaurante Los Sentidos, haga más llevadera la rutina. Pequeños disfrutes que el nipón evocaría con el término Ikigai, la felicidad de vivir o Wabi-Sabi, la belleza dentro de la imperfección de la vida.

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