Los nuevos tiempos

César Requeséns

crequesens@gmail.com

El dragón rampante

Ganar dinero se presenta como la única libertad alcanzable a mayor gloria de la nación que les ampara

China se nos coló en las noticias hace años, mucho antes de esta fiebre alarmista del virus. Viene de largo la expectación que levanta el despertar del letargo de siglos de un gigante que se anuncia como el próximo contrapeso a los capitanes del imperio de occidente, es decir, Estados Unidos, esa potencia que se quedó sin adversario cuando Rusia hizo aguas y abdicó de su comunismo.

A los soviéticos, los más occidentales de los asiáticos, les toma el relevo un país inmenso que ya tiene él solito a buena parte de la población mundial. Y además, dóciles, trabajadores a destajo, sumisos al poder tras décadas de lavado integral de cerebro estatalista, sin disidentes molestos y con un espíritu ultra nacionalista que deja en nada el de sus vecinos japoneses. De hecho, los últimos reportajes sobre el dragón señalan que, con el crecimiento exponencial de su economía y la eliminación reciente del límite al numero de hijos, China reclamará pronto más y más protagonismo en el concierto internacional además de crear un ejército imponente al que ya temen sus vecinos.

Pasaron los años del traso tecnológico y ya compiten con solvencia sus marcas a mitad de precio. Sus costes laborales harían llorar de emoción a cualquier patrón al ver que allí el jefe decide qué se puede ver, decir o hacer en esa inmensa empresa cerrada a la información molesta con unos peones desprovistos de ideología o lecturas o herramienta intelectual alternativa al ansia consumista marcada como meta colectiva. Sin disidencia interna, ganar dinero se presenta como la única libertad alcanzable a mayor gloria de la nación que les ampara. Lo complejo va a ser predecir sus movimientos. Sus métodos y tiempos son de otro mundo. Detrás del comunismo anida una filosofía de la vida realista y vinculada a los procesos naturales. Trump ha intentado plantarles cara pero mejor tenerles de socios pues los chinos ya habían comprado deuda pública americana a mansalva. De ahí su silencio y la sonrisa forzada.

A veces pienso si aprender chino. Quizás en unas décadas sea en Pekín donde se tomen las decisiones clave. No quiero que este cambio del centro del mundo me pille, como les ocurrirá a tantos, aprendiendo torpe y lentamente ese enigma de ideogramas que todos miramos con cara de bobos sin entender, como a aquel país, nada de nada.

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